FORAJIDOS

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Ella le dijo que quería eliminar la única línea de celulitis que tenía en su cola, para eso necesitaba comprar unas cremas recién llegadas de Estados Unidos. Él había dormido mal por el agobiante calor de enero, lo único que deseaba era tomar mate y desayunar una tostada. Joana lloraba pidiendo la teta. Cuando Nataly intentó apagar el aire acondicionado (decía que le secaba la piel), Blas le rogó que no lo hiciera, moviendo las manos como un orangután. Luego se puso las Nike y caminó hasta la heladera a tomar un vaso de limonada. Nataly, con shorts y blusa transparente, le susurró al oído unas palabras cariñosas. Él sabía lo que le esperaba, si a ella se le metía algo en la cabeza, nada la detenía. Con las manos esculpidas, empezó a rascarle la espalda y a llenarle las mejillas de besos; se arrodilló a sus pies, le hizo rulos con los pelos de la panza hasta llegar a la bragueta. Blas la detuvo. De algo estaba seguro: el sexo los alejaba cada vez más. Ella se había fanatizado siguiendo los consejos de la revista Eroticón que ayudaban a “reavivar la llama de la pasión”. El primer ejemplar se lo regaló el sodero una tarde de mucho calor, luego Nataly empezó a comprarla en el kiosco de la esquina. Se trataba de juegos inocentes: el cubo de hielo, la venda en los ojos, la crema en las partes íntimas, algún trajecito erótico… cosas que al principio disfrutaban, pero que con el correr del tiempo se fueron volviendo repetitivas y aburridas, sobre todo cuando empezaron a comprobar que después de hacer el amor, había que volver a reconstruir el matrimonio.

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