IV

Blas se preguntó si el tipo se estaba burlando de él, quizás lo había visto así vestido y pensó que era un muchacho de pocas luces. Volvió a mirar la hora.

—Se me hizo tarde, Don, tengo que irme.

—Entiendo, es probable que me considere un estafador, pero déjeme darle nuestra tarjeta —la sacó del bolsillo del saco—, por si algún día le interesa que charlemos sobre nuestra causa. Ahí tiene mi teléfono. Necesitamos de su ayuda.

Blas guardó la tarjeta en la bermuda y le dio la mano.

—Tiene que cambiar las fichas por plata —le recordó el hombre.

—Un gusto, jefe —le dijo Blas. Cuando empezaba a alejarse, Aron lo llamó.

—Oiga, una cosa más, yo mismo voy a encargarme de que no dilapide su dinero acá, ¿entiende?

Blas lo miró serio, sin darse cuenta se le cerró el puño.

—¿Cómo dice?

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