Un fragmento de El sueño del oficinista

Desperté dando un salto, tenía el pecho mojado con restos de Campari y naranja. ¿Qué día es? ¿Dónde estoy? Por un instante, a pesar de estar perdido en una nebulosa, sentí alivio, como si el sueño me hubiera quitado un peso de encima. Camino al baño vi la billetera asomada debajo de un viejo poema que había escrito en lápiz cuando aún no existían las computadoras ni internet ni las redes sociales ni los blogs. Lo leí con cierta nostalgia y me dije que fue una bendición no haber tenido un medio electrónico para difundirlo. Era malo, le faltaba carnadura. Recordé que lo usaba para impresionar amantes ocasionales, de una noche, esas que en realidad ya estaban convencidas de antemano. Amanecía. Hice mate, prendí la tele, repetían un partido de Boca y River jugado en los noventa. Me puse a mirarlo comiendo una tostada y sentí ojeras abultadas. Para colmo el sol empezaba a quemar como un fuego. Ya había consumido el viernes y seguía sin tomar una decisión. Salí a comprar cigarrillos con el short que usaba para estar en casa. No fumaba pero con algo tenía que calmar la ansiedad. Pité como un desgraciado dando vueltas por el living, quería volver el tiempo atrás, eliminar el retiro voluntario con su cifra tentadora.

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