FORAJIDOS

Se alejaron por un camino de tierra rodeado de arbustos. Blas se puso a juguetear con el celular sin batería. Después se arremangó los pantalones y se bajó del gomón procurando que no se le cayera el revólver. Las chimeneas de la pastera largaban un humo oscuro entre llamas rojizas. Con los pies sobre barro, Blas prendió un cigarrillo y detectó las huellas del batallón. A lo lejos pasaba una embarcación. Miraba el agua imaginando que Joana jugaba en el río. Le dio bronca que lo contaminaran. Avanzó unos metros y perdió de vista las huellas. Lo rodeaba la maleza. El ruido de la pastera se volvía ensordecedor, pero de todas maneras alcanzó a oír un disparo. Voces entrecruzadas gritaron “rajemos”, “hijos de puta”. Un nuevo disparo obligó a Blas a tirarse al suelo. Quedó entre un cañaveral y unos yuyos. Había aplastado a un caracol con el pecho. Volvió sobre sus pasos deslizándose cuerpo a tierra. Alcanzó a ver el gomón volverse un punto cada vez más pequeño a medida que se alejaba por el río en dirección al camping. Detrás de unos sauces llorones, un camión se puso a descargar desechos en el agua. Le hizo recordar cuánto le molestaba cuando Nataly se metía en la pelopincho untada de bronceador. Tenía sed, pero no se animaba a beber del río. Al camión lo custodiaba un hombre. Fue acercándose por la orilla camuflado entre unos camalotes. Cuando lo tuvo a tiro, quitó el seguro del arma como le había enseñado el cocinero y le apuntó a la altura de la gorra. El tipo se alejó con pasos lentos entre unos yuyos. Mientras lo oía orinar, le apuntó a una rueda. Disparó.

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