El sueño del oficinista

Llegando a la zona del puerto las luces se evaporaron, el único farol que andaba iluminaba poco y mal. Hice dos cuadras sobre adoquines desparejos oliendo el olor a grasa y cereales que salía del río de la Plata, esa gran manta marrón que los porteños nunca supimos aprovechar. Entre fierros apilados y charcos distinguí un estacionamiento. Había decenas de autos amontonados. Caminé hasta la ventanilla enrejada de una pequeña casilla de madera. Al costado, una bicicleta y dos motos con la faja de “Secuestrado”. “Buenas noches”, le dije a un pibe que comía fideos con tuco. Se limpió con un trapo rejilla, y se levantó arrastrando la silla hacia atrás. Después de revisar un talonario, me dijo que eran mil cuatrocientos pesos, con cara de yo sé que es mucho pero no soy el que pone las tarifas. Abrí la billetera para ganar tiempo, sabía que no llegaba a esa cifra ni por asomo, pero para mi sorpresa el pibe sacó un posnet de tarjetas de débito. Conviene quedarse en casa, fue mi resolución mientras caminaba cabizbajo a buscar el Peugeot. Tropecé con un pequeño pozo y quedé en medio de la oscuridad insultando al viento. Entonces vi algo que me llamó la atención. Detrás de un montón de chatarras, unas bombitas rojas brillaban sobre una arcada de ladrillos que rodeaba una antigua puerta de madera. Lo que terminó de sorprenderme fue que las luces formaban la palabra “Somnium”. Miré la tarjeta de las mulatonas para chequear letra por letra. Se escribía igual: Somnium. Me levanté y caminé hasta ahí. La puerta estaba desvencijada, un enano con un cono verde en la cabeza la abrió y chilló como en las películas de terror. Pero esto no es una película de terror, me dije. A pocas cuadras las calles de San Telmo rebosantes de turistas, los bares con mesas en las veredas, las luces, el ruido de las conversaciones, los tangueros, los cuidacoches, los árboles, el olor a río… Decidí entrar, la poca luz no me dejaba distinguir el final del pasillo, un sonido de acordeón invitaba al sosiego. Di unos pasos tanteando las paredes húmedas. Me detuve. El enano me tocó la pierna y casi me desmayo del susto. Sacó un talonario con un número de esos que hay en las farmacias, y con un gesto me pidió que lo guardara. Las cosas que uno hace cuando lleva una vida aburrida, me dije. El riesgo a flor de piel. Quizás era hora de sentir un duro golpe para enderezar el rumbo de una buena vez. Di unos pasos a través de una envolvente humareda de cigarrillos. Hacía años que no estaba en un lugar donde se pudiera fumar. Tuve nauseas, me pregunté cómo hacíamos antes para soportarlo. No sé si llamarlos gordos, eran patovicas o camioneros. En mi época de estudiante, después de clases íbamos con un compañero a comer choripán a la Costanera, y frente a una casa con luces rojas veíamos camiones estacionados. No entrábamos, pero apostábamos cuánto tiempo durarían adentro cada uno de los tipos. Mi amigo sostenía que los gorditos aguantaban menos que el resto, sin embargo yo sabía que se trataba de una cuestión de experiencia, cuanto más canas tuviera el hombre, más tiempo duraba. Mirábamos con la ñata frente al vidrio, como dice el tango, nuestros mangos apenas nos alcanzaban para el chori y la coca. Esta sería mi primera vez en un prostíbulo. Una camarera me golpeó la cabeza con la bandeja. No le dije nada, estaba interrumpiendo el paso. Alcancé a ver su prominente nariz y largas piernas debajo de medias negras. Era flaca como el pez espada. Apoyó unos tragos en la mesa de unos pelados que jugaban a las cartas. Di unas vueltas y tras recibir varios empujones, me dije: ¿Para qué meterse en líos? algo huele mal acá, mejor evitar problemas. Era hora de salir. Bajé la vista y encontré otra vez al enano del cono verde. Parecía un pequeño gitano, ropa holgada estilo hindú, los ojos con rímel, sandalias de cuero. Pensé que se haría a un lado para dejarme pasar, pero con la mano me hizo un gesto pidiéndome plata. Puto, dije para mis adentros en un rapto de locura. Luego lo pensé mejor, me habían dicho que en ese tipo de antros no era recomendable hacerse el macho, a no ser que uno lo fuera de verdad. Pero yo apenas era un oficinista que tambaleaba en la cuerda floja, uno que corría el riesgo de caerse del sistema, y a mi edad era poco probable que pudiera volver a encontrar trabajo. Tanteé el bolsillo vació y un escozor me trepó por el cuerpo. “Mierda, me robaron la billetera”, dije en voz alta. El enano siguió pidiéndome billetes como si nada. “No hay problema, amigo”, quise dejarle en claro, “después te pago, que la noche recién empieza, que suenen las campanas…”. Gracias a Dios sonrió, aunque quizás detrás de esa sonrisa se escondiera una trampa mortal. La paranoia ganando terreno. “Un gin tonic, por favor”, le pedí, y sin que se le borrara la sonrisa, se perdió en la bruma.

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