Enanos

El enano me trataba de compañero, “vente, compañero”, me decía mientras atravesábamos un pasillo de azulejos fríos y paredes angostas. Bambalinas, me dije, al ver a los artistas subirse las medias a través de las puertas entornadas; los tangueros crujían los dedos, la gorda cantora aclaraba la garganta. La humedad reflejada en el piso me instó a palpar la gomosidad de las paredes. No encontraba nada firme donde apoyarme. “¿El hada?”, me atreví a preguntarle al enano, y él, sin dejar de caminar, largó una carcajada. “¿Quieres a María?”, dijo. “Qué María, ¿el hada?”. “El hada”, repitió riendo. Me agarró de los pantalones y me obligó a meterme en un cuartucho de dos por dos. Había tres sillas y un proyector apuntando a la pared descascarada. Detrás, unos flacos con puchos apagados en la boca jugaban al pool en una mesa con bolas amarillas y rojas. Me senté en un rincón y pensé que tan mal no estaba, cierto calorcito en la piel, la tranquilidad de saber que acá nada se espera de mí. El enano parloteaba con un gordo de tiradores y frente ancha. Debo confesar que cuando el proyector se encendió y empezó a emitir imágenes de una ola que giraba sin parar alrededor de las paredes, agarré el celular para pedir auxilio. El problema fue que no había señal. Si seguía con la vista el vaivén de la ola por las paredes, iba a volverme loco. ¿Qué hice? Empecé a seguirla. Por suerte apareció la enana con un trago naranja, una pajita y dos hielos. “Me dijo el maestro que me llamaste”, me informó, y entendí que María no era el hada, aunque de alguna manera su presencia hizo que dejara de mirar a la ola. Le agradecí y me limité a sostener el trago. Cuando se dio vuelta le toqué el hombro para saber si era real, pero no sentí nada; quedé acurrucado en el piso con las piernas pegadas al pecho, sollozando como un bebé al que nadie le presta atención. Recordé que tenía que buscar el botón verde, el que apretaba el hada para sacarme de ahí. El problema era que el gordo y el enano custodiaban la puerta. “Quiero salir”, le dije al enano y pude ver sus dientes con brackets. “No es momento de escapes”, me dijo, y se puso a murmurar algo con el gordo, como si hablaran chino mandarín mezclado con geringoso.

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