Enamoramiento

Dos horas después, el chofer paró en medio de la ruta y dijo: “Los que bajan en Rumi Punco, es acá”. Fui el único en descender, el ómnibus arrancó levantando una polvareda que me llenó la cara de mugre. Había montañas y una ladera por donde se distinguía un sendero. Cargué la mochila y empecé a caminar. Cuando llegué al pueblo conté la plata que me quedaba. Tal vez podía quedarme un par de semanas si la habitación era barata.

Lo que más me gustó fue el paisaje, las flores, acá deben tener tiempo, adiviné mientras golpeaba la puerta de una casa de madera rodeada por un galpón, plantaciones de verduras y un columpio en el jardín. La sonrisa de un hombre de rasgos orientales me invitó a pasar. Su mujer se llamaba Susana, era argentina al igual que Mariela, la hija de 19 años que, debo decir, me deslumbró desde el primer momento en que la vi. Me mostraron un cuarto pequeño y dejaron que me acomodara. Cuando me quedé solo, saqué una barra de cereales y la comí con hambre de náufrago. Después fui al living, mateaban alrededor de la mesa, el oriental dijo que además de los ingresos que les daba el cuarto vivían de la huerta. El precio por noche era de treinta pesos sin desayuno. “Eso te lo tenés que preparar vos, pero podés usar nuestras cosas”, dijo Susana mirándome con los ojos separados como los de Cortázar. El cuarto tenía un placard, una cama pequeña, una mesa de luz y un espejo en la puerta. Pasé la primera noche mirando el techo con el cortaplumas debajo de la almohada, no voy a negar que tenía miedo, afuera los grillos cantaban tan fuerte que no me dejaban dormir. Creo que recién logré pegar un ojo al amanecer.  

A la mañana abrí la ventana y me encontré con la huerta y un caballo gris que arrancaba pasto y lo masticaba con una calma infinita. Cuando la vi no pude quitarle la vista de encima, Mariela escribía sentada en una hamaca, tenía puesto un vestido lila y unas sandalias de cuerina atadas hasta las rodillas. Su belleza me angustió, corrí la cortina para dejar de verla, pero me puse a espiarla a través de la ventana como un verdadero cobarde, maldiciendo mi picazón que crecía cada vez más. Decidí quedarme en la habitación hasta que se me fueran las ronchas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s