Vivir en Londres

                                                       

Julieta me presentó a Omega y Ariel. Juntos fuimos a una fiesta en una casa alfombrada. Siempre había alfombras en las casas de Londres. De alguna manera un sombrero fue a parar a mi cabeza. “Argentino bonito. Nice”, me dijo la inglesa que pasaba música. Yo hablaba poco inglés, pero eso lo entendí. Me agarró de la mano y me llevó hacia un rincón. Creo haberla seducido con mi sucio gamulán y mi cara de tristeza falsa. Yo no ayudaba a cargar las bolsas a las viejas, no cedía el asiento a las damas, pero ella eso no lo sabía. Me besó mientras fumamos un porro parados contra la pared. Pasados dos besos, necesité agarrarme de algo firme, tomar agua, litros de agua que me ayudaran a enfrentar el incesante cosquilleo que trepaba por mis piernas. Hice “stop” con la mano. “¿Cómo te llamás? ¿Tracey? Bueno, Tracey, sacame de acá, por favor”. “Take me outside”, le dije en mi bochornoso inglés, pero por suerte me entendió y acompañó hasta un monolito de cemento donde pude sentarme. La vereda desbordaba de gente, las manos inglesas cargadas de cerveza, las botellas empinadas sin pausa. Ariel, Omega y Julieta reían sin contemplaciones hasta que me vieron con la cabeza colgando en el cordón de la vereda. En fin…

El lunes compré tabaco en Picadilly Circus. Los cines y las obras de teatro eternas. ¿No hay otra cosa? ¿Dónde está el off en Londres? No lo sabía, pero sí dónde estaban los pubs. El teacher David se había empeñado en enseñarnos algo más que inglés. Las españolas del curso lo amaban, querían arrastrarlo a la cama aunque siempre anduviera borracho y hablara de la Thatcher, de la reina y “fuck her”, y de las Malvinas robadas, y cosas que a mí me inflaban el pecho. “Son de ustedes”, me decía bajo el influjo de las cervezas. Nadie lo interrumpía, a veces se le trababa la lengua, pero los datos eran contundentes. Leía, dudaba, era desprolijo y estaba solo; solo como opuesto a pareja, porque mujeres le sobraban.

Apoyé las bolsas del supermercado en la mesada de la cocina y encontré mi estante de la heladera ocupado. ¡Gallega trola!, ¿o habrá sido el chef de la otra habitación? Mientras hacía presión para que entrara el queso y el pan lactal, oí una discusión a los gritos en el piso de arriba. Se venía repitiendo bastante seguido y la verdad me tenía un poco cansado. Subí un par de escalones con la intención de poner un límite, pero a mitad de camino desistí y me encerré en el cuarto a rascarme el brazo con fuerza. Dormí hasta que sonó el celular. Un mensaje de Julieta. “Hago una fiesta el sábado. ¿Podés?” Fin del mensaje. Sonreí, iría aunque fuera una fiesta gay, no tenía nada que hacer, no conocía a nadie y el otoño de Londres podía ponerme demasiado melancólico.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s