La fiesta

El sábado era el día de la fiesta. Mejor dicho, la noche. Al llegar, Julieta me dio un lindo abrazo. ¿Por qué no me enamoraba de las chicas buenas? Las cervezas circulaban entre una veintena de latinos en un living apretado. Julieta me acomodó junto a una mujer llamada la “Tana”. Tenía algunos años más que yo ¡Pero eso a quién le importa! Era rellenita y hermosa. El manual dice lucir simpático, beber todo lo que se pueda, sonreír, mirar a los ojos, y en algún momento tomarla de la mano. Nada de eso hice, sin embargo hablábamos de cerca, la luz tenue y el humo del hachís ayudaban. Cuando la Tana se levantaba generaba revuelo. Unos españoles se me acercaron a conversar sobre Gardel, Maradona, Monzón… Ariel dijo que en Montevideo leía la revista Gente. Me empezó a ganar el cansancio. Julieta bailaba un tema de Bowie con una copa en la mano. Los mexicanos casi que gritaban, Omega reía como un jilguero, la Tana y sus pantalones de cuero, un despilfarro de gracia y sensualidad, y yo seguía sin hacer nada. En un momento llamó a un taxi, y a mí me llamó casa matriz al celular.

—¿Tenés amigos?

—Sí.

—Bueno, te voy a presentar a alguien.

—Es que estoy en una…

—Es un muchacho gay.

—….

—Buen chico. Anotá.

—Esperá que agarro papel.

—….

—Ya está, decime.

—523350093, el celular. Se llama Gabriel. Llamalo, pueden salir a tomar algo.

Casa matriz me decía lo que tenía que hacer a trece mil kilómetros de distancia. La Tana se había ido mientras yo hablaba por teléfono. ¡Me agarró una picazón en los brazos de novela! De todas maneras, al día siguiente llamé a Gabriel. Resultó ser un cubano autoexiliado de Castro que se mostró bastante amable, quizás le debía un favor a casa matriz. Me citó en un pub cien veces más elegante que los que yo solía frecuentar con mis compañeros de inglés. “Tengo 28 años y no sé qué hacer con mi vida”, le confesé en un momento. “¿Por qué no te tomas un año sabático?”, me sugirió. Mala idea, llevaba dos años sin un peso, necesitaba ganar plata. Por la ventana entraban las luces de la calle. Caía la noche. Me invitó a cenar el fin de semana en un restaurante argentino. Yo por un bife de chorizo era capaz de cualquier cosa. Sí, de cualquier cosa.

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