V

—No se le ocurra volver, usted no es uno de esos —le dijo, señalando a las personas sentadas frente a las máquinas de alrededor—, y si lo hace, se las tendrá que ver conmigo, hay cosas mejores en las que gastar el dinero, hombre.

Blas lo agarró del cuello dispuesto a pegarle una trompada, pero dos mastodontes en smoking se lo impidieron.

—Pelotudo —le gritó mientras los hombres de negro lo arrastraban por el pasillo. Aron, con aire sombrío, terminó el whisky y se retiró. Los hombres de negro lo dejaron cambiar las fichas y luego lo acompañaron hasta la salida.

Manejaba contrariado por el carril del medio. En el asiento del acompañante, los billetes desparramados. La Panamericana semivacía. Llegó al PH. Nataly roncaba con la boca abierta, tenía una pierna afuera de la cama, la bombacha corrida y los brazos en cruz. Se acurrucó junto a ella. Cuando intentó penetrarla, ella lo apartó.

IV

Blas se preguntó si el tipo se estaba burlando de él, quizás lo había visto así vestido y pensó que era un muchacho de pocas luces. Volvió a mirar la hora.

—Se me hizo tarde, Don, tengo que irme.

—Entiendo, es probable que me considere un estafador, pero déjeme darle nuestra tarjeta —la sacó del bolsillo del saco—, por si algún día le interesa que charlemos sobre nuestra causa. Ahí tiene mi teléfono. Necesitamos de su ayuda.

Blas guardó la tarjeta en la bermuda y le dio la mano.

—Tiene que cambiar las fichas por plata —le recordó el hombre.

—Un gusto, jefe —le dijo Blas. Cuando empezaba a alejarse, Aron lo llamó.

—Oiga, una cosa más, yo mismo voy a encargarme de que no dilapide su dinero acá, ¿entiende?

Blas lo miró serio, sin darse cuenta se le cerró el puño.

—¿Cómo dice?

iii

Agarró Panamericana y manejó hasta el Tigre. Se bajó frente al casino. Nunca había entrado, bastante tenía ya con ver la forma en que su mujer dilapidaba el dinero como para perderlo él también. Pero esa noche no era dueño de sus actos. Con sus bermudas de jean, remera negra de Guns N’ Roses y zapatillas Nike gastadas, subió los escalones del acceso principal. Los de seguridad lo miraron raro, pero lo dejaron pasar, podía tratarse de un excéntrico disfrazado de pordiosero. Su espalda ancha hizo que pronto estuviera frente a una máquina tragamonedas, a pesar de la multitud que poblaba el lugar. Desconocía el mecanismo del juego, del inglés apenas podía pronunciar “yes” y “no”, pero eso no lo detuvo. El tipo sentado en la banqueta de al lado le explicó dónde poner la ficha y cuándo accionar la palanca. Como suele pasar con los principiantes, ganó, y ganó bastante, las fichas rebotaban en el recipiente de metal llamando la atención de los demás apostadores. Cuando terminó de recogerlas, el hombre que lo había ayudado, lo llamó con un gesto.

—¿Tiene un minuto, jefe?

Blas asintió con el balde pegado al pecho.

FORAJIDOS

ii

Durante un tiempo Blas anduvo apasionado a causa de la figura de una madura que movía la cintura por el barrio como dictando sentencia. Todos sabían que era casada, por eso nadie se le acercaba. Cada noche, Blas tomaba a su mujer con adrenalina importada. Pasaron largos meses de sexo cargado hasta que un día Nataly entró en crisis depresiva porque su hija (de un matrimonio anterior) había dejado el nido para irse con el novio a una comunidad hippie de la Patagonia. Blas tuvo que rogarle que enviara fotos donde se la viera sonriendo, para que Nataly al menos se levantara a comer.  

Cuando parecía que la calma retornaba a la casa de los González, ella empezó a mirar telenovelas hasta altas horas de la noche, y un día le dijo que había perdido el apetito sexual. No llegaban a los cuarenta. En vez de enojarse, Blas aprovechó para desarrollar otros aspectos de su vida, por ejemplo, estudiar Ciencia Política. Quería entender el funcionamiento del sistema democrático y la distribución de la riqueza de la que tanto se hablaba y nunca llegaba. Alcanzó a leer algunos libros de filosofía política, autores que lo ayudaron a conocer la complicada naturaleza humana, adquirió un incipiente espíritu crítico y dejó de ser alguien que se preocupaba solamente por conseguir un árbol para dormir la siesta, para pasar a ser un hombre de ceño fruncido que maquinaba la forma de equiparar un poco las cosas. Sabía que no iba a ser fácil, los datos del profesor de Teoría Política indicaban que la brecha entre ricos y pobres aumentaba cada año. Al final del curso terminó pensando que debía sentirse afortunado de tener un taxi con el cual ganarse el pan para mantener a su familia.

FORAJIDOS

1

Ella le dijo que quería eliminar la única línea de celulitis que tenía en su cola, para eso necesitaba comprar unas cremas recién llegadas de Estados Unidos. Él había dormido mal por el agobiante calor de enero, lo único que deseaba era tomar mate y desayunar una tostada. Joana lloraba pidiendo la teta. Cuando Nataly intentó apagar el aire acondicionado (decía que le secaba la piel), Blas le rogó que no lo hiciera, moviendo las manos como un orangután. Luego se puso las Nike y caminó hasta la heladera a tomar un vaso de limonada. Nataly, con shorts y blusa transparente, le susurró al oído unas palabras cariñosas. Él sabía lo que le esperaba, si a ella se le metía algo en la cabeza, nada la detenía. Con las manos esculpidas, empezó a rascarle la espalda y a llenarle las mejillas de besos; se arrodilló a sus pies, le hizo rulos con los pelos de la panza hasta llegar a la bragueta. Blas la detuvo. De algo estaba seguro: el sexo los alejaba cada vez más. Ella se había fanatizado siguiendo los consejos de la revista Eroticón que ayudaban a “reavivar la llama de la pasión”. El primer ejemplar se lo regaló el sodero una tarde de mucho calor, luego Nataly empezó a comprarla en el kiosco de la esquina. Se trataba de juegos inocentes: el cubo de hielo, la venda en los ojos, la crema en las partes íntimas, algún trajecito erótico… cosas que al principio disfrutaban, pero que con el correr del tiempo se fueron volviendo repetitivas y aburridas, sobre todo cuando empezaron a comprobar que después de hacer el amor, había que volver a reconstruir el matrimonio.

La vida en palabras prestadas

la sincronía

la batería

la mandíbula desencajada

el golpe del final viene llegando

la visión agotada

la escarcha en las manos

las agallas del pasado

la vida en letanía

eras mi imagen pagana

mi dicha desahuciada

las malas artes ajetreadas

la carne acumulada

son pocos los escombros

pero pesados como hachas

sigo esperando el milagro del amor solucionado

lo busco en ramos generales, en estanterías perdidas

bajo la alfombra

siempre en el pasado, en ese segundo que se fue

llevándose el “te amo”.

DESCONFÍO

Resulta tremendo creer que ya no exista lo palpable

que las miradas estén ausentes tanto en la calle como en casa

los brindis son virtuales y los encuentros ni siquiera casuales

las maquinas que usamos en las manos nos tendieron la trampa del siglo

a eso le sumamos horas de sacrificio físico para pertenecer a la vida de imágenes sensuales.

No me gusta esto y sé que a ti tampoco.

Dicen que internet es droga, no lo sé

pero por las dudas, mantengo distancia, ando sin cables, con la cabeza levantada, disfruto del canto de los pájaros, no le hago mal a nadie.

Soy el raro, el ave extranjera, el ratón que debe esconderse para que ellos sigan vendiendo ansiedades y depresiones en todo el mundo.

Eso es lo más loco, esta peste es mundial, y sin embargo, la única manera de detenerla es personal.

Iremos al cine a contagiarnos la risa, al estadio a gritar en conjunto, al recital sin nada que se interponga entre las emociones.

Y tú y yo no nos conoceremos nunca, porque jamás estaremos online

de todas formas, valdrá la pena.

Abejas y mares

te salen abejas por la boca

resuena el calefón en la eterna galaxia

aspiro veneno si no te leo

la noche incendia las casas

abierto al abismo te sigo

mido mis deseos por vos

solo te pido una cosa:

que me mires con devoción.

las praderas del oeste no alcanzan para esconder la pasión

de tanto pensarte, mi arte se vuelve cimarrón

atiende esta plegaria, doncella loca

el mar viene volando

y el fuego se apaga.

Las palmeras de sus piernas

las palmeras de sus piernas

anudan raíces plenas

ella, por las cañerías de la ducha,

canturrea sin problemas

vuelve atravesando las lianas camufladas y eternas

sobre espacios de estrategias llenos de esferas

es una ciudadana ilustre

con palmeras en sus piernas

la belleza se mide con palabras

la altanería es una desgracia pasajera

ella, por las cañerías de la ducha,

canturrea sin problemas

vuelve atravesando las lianas camufladas y eternas

y yo, mirando el techo,

me derrito entre sus piernas.

Bucles y cornetas

La muchacha de los bucles azules

rompe en llanto cada vez que suena mi corneta amarilla

la escollera muestra sus dientes

cuando pasea descalza los días nublados

pero ella va y se sienta

revisa los bolsillos descocidos

alumbra la tarde con su resplandor

el sol tibio tiñe sus bucles azules

y yo me siento

y la espío desde lo alto de mi edificio

si ella supiera lo que la quiero

que no me guardo nada

que deseo teñir mi corneta de azul como el mar…

pero con el deseo no alcanza

el mundo está lleno de utópicos soñadores

mientras las cornetas siguen siendo amarillas

y las mentiras de todos los colores que te puedas imaginar.