Es ahora

Eso que esperas que suceda es probable que no pase nunca. Es doloroso decirlo, pero peor es la espera eterna, infinita, la que consume tus días augurando algo mejor para tu vida. Mejor que vayas pensando qué harás ahora que lo sabes, ahora que debes optar por el plan b, el de la resignación que abre paso a la acción, el que deja los sueños de lado para palpar la felicidad en lo mundano, en lo que te tocó, en lo que puedes, en lo que sabes que sucederá si los haces. Por ejemplo: llamar a un amigo, acariciar un gato o pensar en lo afortunado que eres con lo que tienes hoy.

Escribe para vos

A pesar de que la literatura se aleja cada vez más del público masivo, debemos escribir solo sobre lo que nos interesa, atrapa y da placer. Somos nuestro primer lector y el más exigente. No sirve escribir para el mercado, hoy menos que nunca. Además, ¿de qué mercado hablamos? Las ventas de libros de ficción caen año tras año, es imposible competir contra Netflix y las otras plataformas de entretenimiento digital. De todas maneras, el hábito de la lectura no va a desaparecer, se convertirá en el refugio de quienes se animen a probar lo diferente, casi, diríamos, lo exótico. Nadie puede convencerte de que leer te va a hacer mejor que ver una serie, así como el nutricionista no logra que comamos verduras en lugar de frituras, pero es bueno que los libros sigan ahí presentes para los audaces, los inconformistas que elijan huir del mundo por un rato para sumergirse en historias de fantasía que nos hagan mejores. Escribir es arduo, trabajoso y lleva mucho tiempo. ¿Encima vas a hacerlo sobre un tema que no te despierte interés? Cada vez más escribir es una terapia de búsqueda personal cuyos resultados importan poco y nada. Trabaja para poder escribir, lo contrario sería equivocar el camino. La satisfacción va por otro lado, te puedo asegurar que cuando alguien que no conoces te dice que disfrutó leyendo tu libro, esa es la mejor paga que podrás tener. Como dijo Clarice Lispector “escribir es una maldición que salva”.       

La visualidad en el texto

Voy a hablar de escribir con imágenes, de la visualidad de los textos, de escribir con los cinco sentidos. Vamos por partes.

Escribir con imágenes es un concepto básico de la escritura de guiones de cine y tv, pero se aplica perfectamente a la buena literatura. Alguna vez habrás escuchado “es como si lo estuviera viendo, como si estuviera ahí”. Cuando alguien lee algo y siente eso, es porque el texto está bien escrito, logra “meter” al lector en la historia. ¿Y cómo se logra eso? Escribiendo con los cinco sentidos. ¿Y cómo se logra escribir con los cinco sentidos? Escribiendo poesía. Sí, aunque hoy en día parezca una práctica en desuso, desarrollar el hábito de la poesía es vital para cualquier escritor que se precie, o al menos que desee que sus escritos huelan, se puedan vivenciar de una manera concreta en la imaginación del lector. Un ejemplo de la novela de Mairal, Una noche con Sabrina Love: “El calor de la noche era el aliento de un animal inmenso”. Podría haber escrito: “hacía mucho calor”, pero vamos a coincidir que su metáfora nos hace sentir de manera más vívida la temperatura de esa noche.

Para lograr que nos surjan estas ocurrencias a la hora de expresarnos, conviene practicar poesía, es ahí donde desplegamos la mayor gracia de este oficio, donde nos despegamos de escribir, digamos, “la lista de los mandados”, porque escribir es algo que hacemos cada día, pero solo cuando podamos decir algo así: “Le parecían movimientos sin sentido. Como ver a alguien limpiando la cubierta de un barco que se hunde”, (otra vez, Mairal) estaremos escribiendo poéticamente.

Si al principio te resulta complicado, no te desalientes. Con el tiempo irás mejorando, es importante conseguirlo para que tu texto capte la atención de tus lectores. Sobre todo para que se disfrute al leerlo y no sea tedioso como una monografía de facultad o la sentencia de un juez.  

El travestismo a la hora de escribir.

Para escribir hay que travestirse, solía decir mi mentor literario y nos daba como tarea realizar un relato con el sexo cambiado, es decir, a los hombres nos hacía contar una historia desde el punto de vista de una mujer y viceversa.

Es un buen ejercicio, casi fundamental a la hora de soltar la mano. Yo suelo bromear diciendo que los escritores somos los primeros travestis. Es interesante el resultado de ponerse en la piel del sexo opuesto. Salen cosas sorprendentes.

Considero que sirve usar situaciones o recuerdos de personas cercanas. En mi casa de la infancia había una empleada doméstica que se llamaba Elida. Cuando escribí mi cuento Amores viejos (un amor no confesado entre un ama de llaves y su patrón) usé algunas cosas que recordaba de su forma de vestir y andar. El resto lo inventé, por supuesto, pero apelar a personas de nuestro entorno ayuda a darles carnadura a los personajes.

Más importante aún es la observación. Siempre digo que los escritores somos curiosos silenciosos. Me gusta ir a tomar café a los bares para escuchar conversaciones ajenas y mirar gestos, actitudes, comportamientos. Siempre voy con mi cuaderno y mi lápiz y me vuelvo con el comienzo de un cuento o al menos con una idea que más tarde o más temprano terminará plasmada en una historia.

No hace falta recorrer el mundo para tener material con el cual construir un relato, pero sí es necesaria la curiosidad y la observación. El detalle es fundamental. No la copia exacta, apenas los rasgos fundamentales que desnuden el alma de los personajes.

Vargas Llosa dice que por más que se use la historia personal, la literatura siempre es inventiva, ficción. Por un lado va la realidad, por el otro la palabra escrita. Siempre. Así que no temas y cuenta lo que quieras sin temor a las acusaciones familiares. De todas maneras las tendrás. Sobre todo cuando estés por el buen camino. Es decir, el de la buena literatura.    

¿Está todo inventado en literatura?

Una primera impresión podría decir que sí, pero momento. Si hablamos de los temas es probable que haya millones que ya fueron escritos, por lo tanto pareciera ser complicado encontrar originalidad. ¿Pero, y si hablamos de las formas? Al igual que las personas, cada relato es único, los distinguimos por la manera en que es contado y no por la temática. Por más que se trate de un policial clásico, cada autor pondrá su impronta a los personajes, entonces esa obra será original.

Aunque uno crea que está copiando al imitar el estilo de un autor consagrado, siempre habrá matices personales que harán del texto algo único y personal. De lo contrario, ya no valdría la pena leer a los nuevos autores.

Por eso, yo no me preocuparía tanto por buscar originalidad en la temática. Hay escritores que tratan de lucirse en ese aspecto, y terminan escribiendo algo insulso, sin lo más importante, la esencia, la sensibilidad que vuelca cada persona a la hora de escribir.

Aprovecho para agregar que deberíamos dejar de preocuparnos por pertenecer a la casta de escritores publicados por las grandes editoriales. Hoy en día, con la existencia de internet, se pueden encontrar textos maravillosos perdidos en la red a bajo costo o gratis.

Si hay algo bueno en la tecnología, es que nos da la posibilidad de expresarnos con libertad como nunca antes en la historia, sin tener que pedirle permiso a nadie (entiéndase al editor).

Así que te invito a que armes tu camino sin preocuparte por el qué dirán, escribe lo que sientas y sin culpa. Eso sí, ocúpate de que esté bien escrito, en eso debes ser muy exigente, por respeto a tu obra y al lector.

Bukowski decía que si tienes que tener la aprobación de tu familia para escribir, estás liquidado. Al viejo le fue bien, hagámosle caso.

Cómo hacer una descripción

Recuerdo mi primera clase de periodismo, el profesor puso una pelota sobre el banco y nos pidió que la describiéramos, algo que en un primer momento me pareció sencillo, pero cuando leyó nuestros trabajos, estaban mal. Es que casi todos nos pusimos a describirla hasta el mínimo detalle, generando una larga y aburrida enumeración de partes del balón.

El secreto de la descripción es brindar al lector algunos pocos elementos para que él pueda hacerse una idea de la escena o de las características del personaje. Pero no necesita que le menciones cada rasgo del cuerpo.

Por ejemplo, debemos mencionar si el personaje es alto o no, si esto hace al desarrollo de la historia. Si su altura nunca entrará en juego en el relato, entonces no es necesario mencionarla.

Otra cuestión a tener en cuenta es diseminar la información de a poco. En una novela tendrás mucho tiempo para volcar detalles que vayan enriqueciendo al personaje, no es recomendable que lo hagas todo junto.

Sería algo así como dar pinceladas que generen un ambiente, una atmósfera que infiera al lector cómo es el lugar donde se ubica la acción.

Los escritores principiantes dedican muchas páginas a describir con lujo de detalle la indumentaria y los rasgos físicos de los personajes. Lo correcto sería mencionar factores que distingan al protagonista y, sobre todo, hacerlo mientras se lo muestra en acción, para que no sea una descripción fría y fofa como la que hice yo en mi primera clase de periodismo.

Recuerda que describir no debe entorpecer el avance del relato. No te apures a mencionar esa peculiaridad tan destacada que tiene el protagonista de tu historia. Te digo más, lo ideal sería que el lector la descubra sin que se la menciones explícitamente.

MENOS ES MÁS

Decíamos en el post anterior que menos es más, y esto creo que es algo que ya nadie discute. Si puedes decir lo mismo de una manera más sencilla, clara y corta, va a resultar mejor para el lector. Y recuerda que ese es nuestro objetivo, facilitarle la lectura a quien tuvo el decoro de elegir nuestro texto, sobre todo hoy en día que hay mucho por consumir y no tanto tiempo.

Eso no quiere decir escribir sin verbos ni adjetivos. Tampoco te pases con la brevedad. Borges decía que si las frases eran demasiado cortas, parecían pan rallado. Y no queremos que le suceda eso a nuestro relato.

Deberías pensarlo como si estuvieras componiendo una canción, las melodías no son uniformes y monótonas (¡solo las aburridas!), con los textos pasa lo mismo. Hay que buscar el ritmo. Por ejemplo, si escribes un párrafo un poco largo, puedes hacer otro extenso, pero el tercero, o el cuarto debe ser breve. Dejemos tomar aire al texto y al lector.

Te recomiendo lo siguiente: leer en voz alta lo que has escrito. Mi maestro me decía, “si al leerlo te trabas o suena mal, debes escribirlo de otra manera”.

¿Recuerdas los tocadiscos? Bueno, si salta la púa es porque algo no está bien, entonces debemos volver a trabajar el texto. Siempre se puede mejorar lo que escribimos, después de todo, ese es nuestro trabajo ¿no?

CUIDADO CON LOS ADVERBIOS

Si queremos contar historias, por más buena que nos parezca, tenemos que saber redactar. Es decir, armar frases ordenadas que no entorpezcan la lectura. No alcanza con evitar que se aburra, hay que facilitarle la lectura a quien tome nuestro relato. Dicen que lector que se va, no vuelve. Y es cierto. Por eso debemos releer nuestro texto seis o siete veces antes de darlo por terminado. Siempre vamos a encontrar algo para mejorar. El problema de comunicar con la escritura, es que una misma cosa se puede decir de varias maneras, con lo cual, el oficio nos obliga a buscar la mejor forma de hacerlo, antes de dar a conocer el texto.

En literatura, menos es más. Por lo tanto, son preferibles las frases cortas a las largas. Por ejemplo, “rápidamente”. Es preferible poner “muy rápido”. O mejor aún, solo “rápido”.

Hay autores que escriben casi sin usar signos de puntuación, pero son consagrados de la talla de Saramago o Cortázar. En Rayuela hay páginas enteras sin una coma, pero es un estilo de alguien en la cima de su carrera.

Por eso, si recién estás empezando, te recomiendo cumplir con las reglas. Para romperlas, primero hay que demostrar que uno las conoce al dedillo.  

HABLEMOS DE LOS DIÁLOGOS

Para algunos resulta lo más difícil de realizar a la hora de contar una historia. Quizás porque los piensan de manera racional, quieren lucirse con frases grandilocuentes o, simplemente no saben qué decir y terminan poniendo cosas de relleno, como “Hola, ¿qué tal estás?

Los diálogos se arrancan empezados y se dejan inconclusos, es decir, se cierran antes de tiempo. ¿Y por qué es esto? Porque así hablamos en la diaria, así nos comunicamos cuando vamos a la verdulería o hablamos con los amigos. Y así debería ser cuando nuestros personajes hablen en la historia, a no ser que estemos contando un encuentro de diplomáticos en las Naciones Unidas.

Los diálogos también se pueden usar para dar cierta información, pero no habría que abusar de esto para que no suene forzado. Algunos hacen que el personaje secundario describa alguna característica o valor del protagonista de la historia.

Lo más importante es que los personajes estén bien construidos, sean sólidos y con carnadura, si esto sucede, ellos mismos te pedirán hablar cuando sea necesario, es algo que debería salir de manera natural. Si los fuerzas a hablar se notará y quedará acartonado. ¡Déjalos insultar alguna vez, todos lo hacemos en nuestra vida diaria!

Hasta la próxima.