EL ROBO

No esperaba ese panorama, había imaginado a un par de solitarios deambulando por los pasillos y nada más, pero apenas se podía caminar. En la barra pidió una cerveza y el cerebro se le embotó de preguntas: ¿Qué hacía ahí? ¿Para qué había manejado 35 kilómetros gastando combustible y tiempo? ¿Por qué no estaba trabajando si pronto vendría el resumen de la tarjeta de crédito? Las tragamonedas parecían decirle “tirate una chance, en una de esas te salvás”. Acarició el vuelto que le dio el barman. A pocos metros descansaba el frasco con las propinas. Poco a poco fue acercando la banqueta y se puso a estudiar los movimientos del empleado: estaba solo, preparar los tragos lo mantenía ocupado, no había forma de que pudiera poner un ojo en el frasco cuando atendía el ala derecha. Luego de ensayar el movimiento, se decidió. Manoteó uno de los billetes y lo guardó en el bolsillo. Con el corazón acelerado, fue hasta el baño. Jamás había robado en su vida, ni siquiera un caramelo. Metido en el cubículo, sintió las gotas de transpiración en la frente. Se lavó la cara y salió. Lo mejor, pensó, sería jugarse los diez pesos cuanto antes. La ficha la consiguió rápido, pero tuvo que dar varias vueltas hasta encontrar una máquina libre. La puso en la ranura: a todo o nada. Si la cosa salía mal, podía pararse en la fila de taxis y levantar un pasajero. Pero ahora no era momento de pensar, se recriminó sacudiendo la cabeza para liberarse de los malos presagios. Tenía que concentrarse en recibir a la buena suerte. La palanca parecía guiñarle un ojo: adelante, haz fuerza de brazo y que la rueda de la fortuna empiece a girar. Sus pupilas absortas siguieron el incesante vaivén de las cartas electrónicas. Cayó un joker, una banana y, cuando estaba por establecerse otro joker en la tercera hilera, un manotón lo obligó a darse vuelta. Debajo del saco, el moreno le mostró una treinta y ocho; a su lado, un hombre bajito, pelado y con bigote fino, se relamía.

AMOR NO CORRESPONDIDO

—Qué hacés acá. ¡Te dije en la plaza del pueblo! —me regañó.

—Te estaba buscando.

—Me estabas espiando. ¿Por qué te metés en mi vida? Andate, olvídate de mí.

Se alejó por el sendero de piedras; la empecé a seguir entre los árboles. Subió al caballo y se abrazó a la cintura del cowboy de sombrero mexicano. Un pozo me mandó al piso, y ella me miró como si mirara a un pigmeo. Los cowboys menearon la cabeza, un hombre alto y fornido, apareció como del cielo.

—¿Es este? —dijo el tipo envuelto en una túnica blanca.

—No le hagas nada —le pidió Mariela.

Yo lo miraba como si se tratara del mismísimo Diablo. Traté de pararme, pero me lo impidió con un palo sobre el pecho. 

—¿Querés venir a una reunión? —me preguntó con un tono de voz que no permitía distinguir si se trataba de una invitación o una orden.

—Mariela, vamos al pueblo —dije.

El líder largó una carcajada.

—Llévenlo —ordenó a los cowboys.

Me ataron las manos y me cargaron a uno de los caballos. De atrás de un árbol salió Lian con una escopeta en la mano. Disparó al cielo, parecía dispuesto a jugarse la vida, el estruendo asustó a los caballos y caímos al piso. Lian se puso delante de su hija, los cowboys lograron atrapar un caballo y a la pasada levantaron a su jefe. Mariela le pegaba a su padre en el pecho.

—Vamos a casa —dijo Lian—. Se terminó.

Esa noche cenamos en silencio. Al día siguiente, Mariela se subió al columpio en el jardín y yo me le acerqué con pasos tímidos. 

—¿Estás mejor? —le pregunté.

—Por tu culpa ahora no puedo salir.

—¿Por qué me tratás así? Pensé que…

—¿Pensaste qué, nene? ¿Qué yo podía tener onda con vos? Si sos un viejo.

Susana nos espiaba simulando ordenar la cocina. 

—No es eso —le dije—, me tenías preocupado. ¿Qué hacen ahí?

Bajó la cabeza y caminó hasta la casa con sus típicos saltitos.

Di unos pasos con las manos en los bolsillos y encontré a Lian trabajando la huerta. Le dije que si me necesitaba estaría en el hotel. Clavó la pala con fuerza.

Enamoramiento

Dos horas después, el chofer paró en medio de la ruta y dijo: “Los que bajan en Rumi Punco, es acá”. Fui el único en descender, el ómnibus arrancó levantando una polvareda que me llenó la cara de mugre. Había montañas y una ladera por donde se distinguía un sendero. Cargué la mochila y empecé a caminar. Cuando llegué al pueblo conté la plata que me quedaba. Tal vez podía quedarme un par de semanas si la habitación era barata.

Lo que más me gustó fue el paisaje, las flores, acá deben tener tiempo, adiviné mientras golpeaba la puerta de una casa de madera rodeada por un galpón, plantaciones de verduras y un columpio en el jardín. La sonrisa de un hombre de rasgos orientales me invitó a pasar. Su mujer se llamaba Susana, era argentina al igual que Mariela, la hija de 19 años que, debo decir, me deslumbró desde el primer momento en que la vi. Me mostraron un cuarto pequeño y dejaron que me acomodara. Cuando me quedé solo, saqué una barra de cereales y la comí con hambre de náufrago. Después fui al living, mateaban alrededor de la mesa, el oriental dijo que además de los ingresos que les daba el cuarto vivían de la huerta. El precio por noche era de treinta pesos sin desayuno. “Eso te lo tenés que preparar vos, pero podés usar nuestras cosas”, dijo Susana mirándome con los ojos separados como los de Cortázar. El cuarto tenía un placard, una cama pequeña, una mesa de luz y un espejo en la puerta. Pasé la primera noche mirando el techo con el cortaplumas debajo de la almohada, no voy a negar que tenía miedo, afuera los grillos cantaban tan fuerte que no me dejaban dormir. Creo que recién logré pegar un ojo al amanecer.  

A la mañana abrí la ventana y me encontré con la huerta y un caballo gris que arrancaba pasto y lo masticaba con una calma infinita. Cuando la vi no pude quitarle la vista de encima, Mariela escribía sentada en una hamaca, tenía puesto un vestido lila y unas sandalias de cuerina atadas hasta las rodillas. Su belleza me angustió, corrí la cortina para dejar de verla, pero me puse a espiarla a través de la ventana como un verdadero cobarde, maldiciendo mi picazón que crecía cada vez más. Decidí quedarme en la habitación hasta que se me fueran las ronchas.

El boludo

Me puse una camisa sin perfumar. No voy a una cita, me dije, sólo a cenar a la casa de una amiga compasiva que entiende por lo que estoy pasando. Creo que ya podía dejar de decirle compañera de trabajo, y considerarla una amiga, mi única amiga, por cierto. Se la presentaré a mamá, me dije. Me puse jean y zapatillas a lo Jerry Seinfeld. Me vi medio ridículo en el espejo, pero ya eran las once, no tenía ganas de volver a cambiarme. Llevo un vino. No, mejor no, si no quién me levanta mañana. Me acomodé el pelo. Agarré un forro a pesar de que siempre terminaban juntando pelusas en el cajón del escritorio. Sonó el timbre. Raro. Fui hasta el portero eléctrico y dije “hola” dos veces, el timbre siguió sonando. ¡La puerta!, qué boludo. Miré por la mirilla, no era algo habitual que me tocaran el timbre, y menos a esa hora. La puerta de abajo tenía cartelitos que te exigían cerrar con llave las 24 horas. ¿Quién podía ser? Cuando vi que se trataba de la vecina del 1º B, me asusté. ¿Qué hacía ahí parada con un camisón estampado con la cara de Mickey Mouse a las once y media de la noche? Abrí. Me pidió disculpas por la hora con una sonrisa que te obligaba a replantearte el sentido de la vida. Se había quedado sin azúcar. La hice pasar, y mientras le armaba un pequeño frasco de emergencia, pensé si no se trataría de una vil excusa para que yo avanzara. ¿Quién te creés que sos, Juancito, Steve McQueen? Le di el azúcar tratando de mantener una distancia prudencial, pero ella se empecinó en hablarme de cuestiones edilicias muy cerca de mi boca. Hasta pude olerle el aliento a fresas, a las gomitas frutales que comía viendo Cuando Harry conoció a Sally. “¿La viste?”, me preguntó. “Sí”, le respondí. “Me encantan las de amor”, dijo con voz tierna. Ahora se me tira encima, pensé, pero dijo “gracias” señalando el frasco, se dio vuelta, y salió. Cerré la puerta diciéndome boludo. Y otra vez: ¡boludo!

Enanos

El enano me trataba de compañero, “vente, compañero”, me decía mientras atravesábamos un pasillo de azulejos fríos y paredes angostas. Bambalinas, me dije, al ver a los artistas subirse las medias a través de las puertas entornadas; los tangueros crujían los dedos, la gorda cantora aclaraba la garganta. La humedad reflejada en el piso me instó a palpar la gomosidad de las paredes. No encontraba nada firme donde apoyarme. “¿El hada?”, me atreví a preguntarle al enano, y él, sin dejar de caminar, largó una carcajada. “¿Quieres a María?”, dijo. “Qué María, ¿el hada?”. “El hada”, repitió riendo. Me agarró de los pantalones y me obligó a meterme en un cuartucho de dos por dos. Había tres sillas y un proyector apuntando a la pared descascarada. Detrás, unos flacos con puchos apagados en la boca jugaban al pool en una mesa con bolas amarillas y rojas. Me senté en un rincón y pensé que tan mal no estaba, cierto calorcito en la piel, la tranquilidad de saber que acá nada se espera de mí. El enano parloteaba con un gordo de tiradores y frente ancha. Debo confesar que cuando el proyector se encendió y empezó a emitir imágenes de una ola que giraba sin parar alrededor de las paredes, agarré el celular para pedir auxilio. El problema fue que no había señal. Si seguía con la vista el vaivén de la ola por las paredes, iba a volverme loco. ¿Qué hice? Empecé a seguirla. Por suerte apareció la enana con un trago naranja, una pajita y dos hielos. “Me dijo el maestro que me llamaste”, me informó, y entendí que María no era el hada, aunque de alguna manera su presencia hizo que dejara de mirar a la ola. Le agradecí y me limité a sostener el trago. Cuando se dio vuelta le toqué el hombro para saber si era real, pero no sentí nada; quedé acurrucado en el piso con las piernas pegadas al pecho, sollozando como un bebé al que nadie le presta atención. Recordé que tenía que buscar el botón verde, el que apretaba el hada para sacarme de ahí. El problema era que el gordo y el enano custodiaban la puerta. “Quiero salir”, le dije al enano y pude ver sus dientes con brackets. “No es momento de escapes”, me dijo, y se puso a murmurar algo con el gordo, como si hablaran chino mandarín mezclado con geringoso.

EL ATLETA

Subí al Peugeot y me acomodé los Ray Ban con la ayuda del espejito (siempre me sentía afeminado haciendo eso). Puse primera; el día ya era un fuego. Como todo fundamentalista del aire, cerré las ventanillas. No vaya a ser que me pidan una moneda en el semáforo. Pero en Cabildo tuve que abrirla, quería comprar Clarín, un rubio caminaba entre los autos cargando diarios al hombro. “Pibe”, grité. Me salió demasiado caro si tenemos en cuenta que sólo leí la tapa. ¿Y si llamo a Jorge y hago un asado?, me entusiasmé. Le escribí un mensaje por wasap manejando en plena avenida Libertador. Maldito teclado predictivo: “hartados un asado?”, se disparó. Levanté la vista y alcancé a clavar los frenos, las llantas chillaron, el bondi tenía parada justo ahí. El que venía con la bici quedó arrinconado contra el cordón. Que se joda, pensé, quién lo manda a semejante acto suicida. Antes de llegar al club leí la respuesta de Jorge: “No puedo, tengo que llevar a las nenas a un bautismo, escribí bien, boludo”. Perfecto. Me vi cenando en McDonald’s rodeado de teenagers con muffins, y mis ganas de ir al gim cayeron en picada. Eso, picada, qué lindo que está para una cerveza con picada, me dije, al menos ya tenía resuelto el almuerzo. Un poco de cinta aeróbica y luego picada en el bar de enfrente, ahí donde para la barra de Defensores de Belgrano. Altos choripanes. Dejé el Peugeot rogando que no me lo desguazaran durante mi estadía en el gim. Ring… me empezó a sonar el celular cuando buscaba en la billetera la tarjeta de ingreso. Malditos productores, pensé. Pero era Mamá. “Hola má, qué pasa”. “Nene, el lavadero se está inundando, la boliviana se fue y dejó algo mal en el lavarropas”. “Y bueno, má, levantate y apagalo”. “¡Me tomás por tonta, Juan! ya lo hice pero sigue saliendo agua. Esto es un escándalo, se me va a mojar la alfombra”. “Ok, mamá, voy para allá, tranquila”. “¡Nene, si se me arruina la alfombra, qué hago!”. Corté, detrás del molinete había tres gimnastas esperando que les diera paso. “Perdón”, dije y me hice a un lado.

Continuará…

El sueño del oficinista

Llegando a la zona del puerto las luces se evaporaron, el único farol que andaba iluminaba poco y mal. Hice dos cuadras sobre adoquines desparejos oliendo el olor a grasa y cereales que salía del río de la Plata, esa gran manta marrón que los porteños nunca supimos aprovechar. Entre fierros apilados y charcos distinguí un estacionamiento. Había decenas de autos amontonados. Caminé hasta la ventanilla enrejada de una pequeña casilla de madera. Al costado, una bicicleta y dos motos con la faja de “Secuestrado”. “Buenas noches”, le dije a un pibe que comía fideos con tuco. Se limpió con un trapo rejilla, y se levantó arrastrando la silla hacia atrás. Después de revisar un talonario, me dijo que eran mil cuatrocientos pesos, con cara de yo sé que es mucho pero no soy el que pone las tarifas. Abrí la billetera para ganar tiempo, sabía que no llegaba a esa cifra ni por asomo, pero para mi sorpresa el pibe sacó un posnet de tarjetas de débito. Conviene quedarse en casa, fue mi resolución mientras caminaba cabizbajo a buscar el Peugeot. Tropecé con un pequeño pozo y quedé en medio de la oscuridad insultando al viento. Entonces vi algo que me llamó la atención. Detrás de un montón de chatarras, unas bombitas rojas brillaban sobre una arcada de ladrillos que rodeaba una antigua puerta de madera. Lo que terminó de sorprenderme fue que las luces formaban la palabra “Somnium”. Miré la tarjeta de las mulatonas para chequear letra por letra. Se escribía igual: Somnium. Me levanté y caminé hasta ahí. La puerta estaba desvencijada, un enano con un cono verde en la cabeza la abrió y chilló como en las películas de terror. Pero esto no es una película de terror, me dije. A pocas cuadras las calles de San Telmo rebosantes de turistas, los bares con mesas en las veredas, las luces, el ruido de las conversaciones, los tangueros, los cuidacoches, los árboles, el olor a río… Decidí entrar, la poca luz no me dejaba distinguir el final del pasillo, un sonido de acordeón invitaba al sosiego. Di unos pasos tanteando las paredes húmedas. Me detuve. El enano me tocó la pierna y casi me desmayo del susto. Sacó un talonario con un número de esos que hay en las farmacias, y con un gesto me pidió que lo guardara. Las cosas que uno hace cuando lleva una vida aburrida, me dije. El riesgo a flor de piel. Quizás era hora de sentir un duro golpe para enderezar el rumbo de una buena vez. Di unos pasos a través de una envolvente humareda de cigarrillos. Hacía años que no estaba en un lugar donde se pudiera fumar. Tuve nauseas, me pregunté cómo hacíamos antes para soportarlo. No sé si llamarlos gordos, eran patovicas o camioneros. En mi época de estudiante, después de clases íbamos con un compañero a comer choripán a la Costanera, y frente a una casa con luces rojas veíamos camiones estacionados. No entrábamos, pero apostábamos cuánto tiempo durarían adentro cada uno de los tipos. Mi amigo sostenía que los gorditos aguantaban menos que el resto, sin embargo yo sabía que se trataba de una cuestión de experiencia, cuanto más canas tuviera el hombre, más tiempo duraba. Mirábamos con la ñata frente al vidrio, como dice el tango, nuestros mangos apenas nos alcanzaban para el chori y la coca. Esta sería mi primera vez en un prostíbulo. Una camarera me golpeó la cabeza con la bandeja. No le dije nada, estaba interrumpiendo el paso. Alcancé a ver su prominente nariz y largas piernas debajo de medias negras. Era flaca como el pez espada. Apoyó unos tragos en la mesa de unos pelados que jugaban a las cartas. Di unas vueltas y tras recibir varios empujones, me dije: ¿Para qué meterse en líos? algo huele mal acá, mejor evitar problemas. Era hora de salir. Bajé la vista y encontré otra vez al enano del cono verde. Parecía un pequeño gitano, ropa holgada estilo hindú, los ojos con rímel, sandalias de cuero. Pensé que se haría a un lado para dejarme pasar, pero con la mano me hizo un gesto pidiéndome plata. Puto, dije para mis adentros en un rapto de locura. Luego lo pensé mejor, me habían dicho que en ese tipo de antros no era recomendable hacerse el macho, a no ser que uno lo fuera de verdad. Pero yo apenas era un oficinista que tambaleaba en la cuerda floja, uno que corría el riesgo de caerse del sistema, y a mi edad era poco probable que pudiera volver a encontrar trabajo. Tanteé el bolsillo vació y un escozor me trepó por el cuerpo. “Mierda, me robaron la billetera”, dije en voz alta. El enano siguió pidiéndome billetes como si nada. “No hay problema, amigo”, quise dejarle en claro, “después te pago, que la noche recién empieza, que suenen las campanas…”. Gracias a Dios sonrió, aunque quizás detrás de esa sonrisa se escondiera una trampa mortal. La paranoia ganando terreno. “Un gin tonic, por favor”, le pedí, y sin que se le borrara la sonrisa, se perdió en la bruma.

FORAJIDOS

Se alejaron por un camino de tierra rodeado de arbustos. Blas se puso a juguetear con el celular sin batería. Después se arremangó los pantalones y se bajó del gomón procurando que no se le cayera el revólver. Las chimeneas de la pastera largaban un humo oscuro entre llamas rojizas. Con los pies sobre barro, Blas prendió un cigarrillo y detectó las huellas del batallón. A lo lejos pasaba una embarcación. Miraba el agua imaginando que Joana jugaba en el río. Le dio bronca que lo contaminaran. Avanzó unos metros y perdió de vista las huellas. Lo rodeaba la maleza. El ruido de la pastera se volvía ensordecedor, pero de todas maneras alcanzó a oír un disparo. Voces entrecruzadas gritaron “rajemos”, “hijos de puta”. Un nuevo disparo obligó a Blas a tirarse al suelo. Quedó entre un cañaveral y unos yuyos. Había aplastado a un caracol con el pecho. Volvió sobre sus pasos deslizándose cuerpo a tierra. Alcanzó a ver el gomón volverse un punto cada vez más pequeño a medida que se alejaba por el río en dirección al camping. Detrás de unos sauces llorones, un camión se puso a descargar desechos en el agua. Le hizo recordar cuánto le molestaba cuando Nataly se metía en la pelopincho untada de bronceador. Tenía sed, pero no se animaba a beber del río. Al camión lo custodiaba un hombre. Fue acercándose por la orilla camuflado entre unos camalotes. Cuando lo tuvo a tiro, quitó el seguro del arma como le había enseñado el cocinero y le apuntó a la altura de la gorra. El tipo se alejó con pasos lentos entre unos yuyos. Mientras lo oía orinar, le apuntó a una rueda. Disparó.

Un fragmento de El sueño del oficinista

Desperté dando un salto, tenía el pecho mojado con restos de Campari y naranja. ¿Qué día es? ¿Dónde estoy? Por un instante, a pesar de estar perdido en una nebulosa, sentí alivio, como si el sueño me hubiera quitado un peso de encima. Camino al baño vi la billetera asomada debajo de un viejo poema que había escrito en lápiz cuando aún no existían las computadoras ni internet ni las redes sociales ni los blogs. Lo leí con cierta nostalgia y me dije que fue una bendición no haber tenido un medio electrónico para difundirlo. Era malo, le faltaba carnadura. Recordé que lo usaba para impresionar amantes ocasionales, de una noche, esas que en realidad ya estaban convencidas de antemano. Amanecía. Hice mate, prendí la tele, repetían un partido de Boca y River jugado en los noventa. Me puse a mirarlo comiendo una tostada y sentí ojeras abultadas. Para colmo el sol empezaba a quemar como un fuego. Ya había consumido el viernes y seguía sin tomar una decisión. Salí a comprar cigarrillos con el short que usaba para estar en casa. No fumaba pero con algo tenía que calmar la ansiedad. Pité como un desgraciado dando vueltas por el living, quería volver el tiempo atrás, eliminar el retiro voluntario con su cifra tentadora.

V

—No se le ocurra volver, usted no es uno de esos —le dijo, señalando a las personas sentadas frente a las máquinas de alrededor—, y si lo hace, se las tendrá que ver conmigo, hay cosas mejores en las que gastar el dinero, hombre.

Blas lo agarró del cuello dispuesto a pegarle una trompada, pero dos mastodontes en smoking se lo impidieron.

—Pelotudo —le gritó mientras los hombres de negro lo arrastraban por el pasillo. Aron, con aire sombrío, terminó el whisky y se retiró. Los hombres de negro lo dejaron cambiar las fichas y luego lo acompañaron hasta la salida.

Manejaba contrariado por el carril del medio. En el asiento del acompañante, los billetes desparramados. La Panamericana semivacía. Llegó al PH. Nataly roncaba con la boca abierta, tenía una pierna afuera de la cama, la bombacha corrida y los brazos en cruz. Se acurrucó junto a ella. Cuando intentó penetrarla, ella lo apartó.

IV

Blas se preguntó si el tipo se estaba burlando de él, quizás lo había visto así vestido y pensó que era un muchacho de pocas luces. Volvió a mirar la hora.

—Se me hizo tarde, Don, tengo que irme.

—Entiendo, es probable que me considere un estafador, pero déjeme darle nuestra tarjeta —la sacó del bolsillo del saco—, por si algún día le interesa que charlemos sobre nuestra causa. Ahí tiene mi teléfono. Necesitamos de su ayuda.

Blas guardó la tarjeta en la bermuda y le dio la mano.

—Tiene que cambiar las fichas por plata —le recordó el hombre.

—Un gusto, jefe —le dijo Blas. Cuando empezaba a alejarse, Aron lo llamó.

—Oiga, una cosa más, yo mismo voy a encargarme de que no dilapide su dinero acá, ¿entiende?

Blas lo miró serio, sin darse cuenta se le cerró el puño.

—¿Cómo dice?

iii

Agarró Panamericana y manejó hasta el Tigre. Se bajó frente al casino. Nunca había entrado, bastante tenía ya con ver la forma en que su mujer dilapidaba el dinero como para perderlo él también. Pero esa noche no era dueño de sus actos. Con sus bermudas de jean, remera negra de Guns N’ Roses y zapatillas Nike gastadas, subió los escalones del acceso principal. Los de seguridad lo miraron raro, pero lo dejaron pasar, podía tratarse de un excéntrico disfrazado de pordiosero. Su espalda ancha hizo que pronto estuviera frente a una máquina tragamonedas, a pesar de la multitud que poblaba el lugar. Desconocía el mecanismo del juego, del inglés apenas podía pronunciar “yes” y “no”, pero eso no lo detuvo. El tipo sentado en la banqueta de al lado le explicó dónde poner la ficha y cuándo accionar la palanca. Como suele pasar con los principiantes, ganó, y ganó bastante, las fichas rebotaban en el recipiente de metal llamando la atención de los demás apostadores. Cuando terminó de recogerlas, el hombre que lo había ayudado, lo llamó con un gesto.

—¿Tiene un minuto, jefe?

Blas asintió con el balde pegado al pecho.