La fiesta

El sábado era el día de la fiesta. Mejor dicho, la noche. Al llegar, Julieta me dio un lindo abrazo. ¿Por qué no me enamoraba de las chicas buenas? Las cervezas circulaban entre una veintena de latinos en un living apretado. Julieta me acomodó junto a una mujer llamada la “Tana”. Tenía algunos años más que yo ¡Pero eso a quién le importa! Era rellenita y hermosa. El manual dice lucir simpático, beber todo lo que se pueda, sonreír, mirar a los ojos, y en algún momento tomarla de la mano. Nada de eso hice, sin embargo hablábamos de cerca, la luz tenue y el humo del hachís ayudaban. Cuando la Tana se levantaba generaba revuelo. Unos españoles se me acercaron a conversar sobre Gardel, Maradona, Monzón… Ariel dijo que en Montevideo leía la revista Gente. Me empezó a ganar el cansancio. Julieta bailaba un tema de Bowie con una copa en la mano. Los mexicanos casi que gritaban, Omega reía como un jilguero, la Tana y sus pantalones de cuero, un despilfarro de gracia y sensualidad, y yo seguía sin hacer nada. En un momento llamó a un taxi, y a mí me llamó casa matriz al celular.

—¿Tenés amigos?

—Sí.

—Bueno, te voy a presentar a alguien.

—Es que estoy en una…

—Es un muchacho gay.

—….

—Buen chico. Anotá.

—Esperá que agarro papel.

—….

—Ya está, decime.

—523350093, el celular. Se llama Gabriel. Llamalo, pueden salir a tomar algo.

Casa matriz me decía lo que tenía que hacer a trece mil kilómetros de distancia. La Tana se había ido mientras yo hablaba por teléfono. ¡Me agarró una picazón en los brazos de novela! De todas maneras, al día siguiente llamé a Gabriel. Resultó ser un cubano autoexiliado de Castro que se mostró bastante amable, quizás le debía un favor a casa matriz. Me citó en un pub cien veces más elegante que los que yo solía frecuentar con mis compañeros de inglés. “Tengo 28 años y no sé qué hacer con mi vida”, le confesé en un momento. “¿Por qué no te tomas un año sabático?”, me sugirió. Mala idea, llevaba dos años sin un peso, necesitaba ganar plata. Por la ventana entraban las luces de la calle. Caía la noche. Me invitó a cenar el fin de semana en un restaurante argentino. Yo por un bife de chorizo era capaz de cualquier cosa. Sí, de cualquier cosa.

Vivir en Londres

                                                       

Julieta me presentó a Omega y Ariel. Juntos fuimos a una fiesta en una casa alfombrada. Siempre había alfombras en las casas de Londres. De alguna manera un sombrero fue a parar a mi cabeza. “Argentino bonito. Nice”, me dijo la inglesa que pasaba música. Yo hablaba poco inglés, pero eso lo entendí. Me agarró de la mano y me llevó hacia un rincón. Creo haberla seducido con mi sucio gamulán y mi cara de tristeza falsa. Yo no ayudaba a cargar las bolsas a las viejas, no cedía el asiento a las damas, pero ella eso no lo sabía. Me besó mientras fumamos un porro parados contra la pared. Pasados dos besos, necesité agarrarme de algo firme, tomar agua, litros de agua que me ayudaran a enfrentar el incesante cosquilleo que trepaba por mis piernas. Hice “stop” con la mano. “¿Cómo te llamás? ¿Tracey? Bueno, Tracey, sacame de acá, por favor”. “Take me outside”, le dije en mi bochornoso inglés, pero por suerte me entendió y acompañó hasta un monolito de cemento donde pude sentarme. La vereda desbordaba de gente, las manos inglesas cargadas de cerveza, las botellas empinadas sin pausa. Ariel, Omega y Julieta reían sin contemplaciones hasta que me vieron con la cabeza colgando en el cordón de la vereda. En fin…

El lunes compré tabaco en Picadilly Circus. Los cines y las obras de teatro eternas. ¿No hay otra cosa? ¿Dónde está el off en Londres? No lo sabía, pero sí dónde estaban los pubs. El teacher David se había empeñado en enseñarnos algo más que inglés. Las españolas del curso lo amaban, querían arrastrarlo a la cama aunque siempre anduviera borracho y hablara de la Thatcher, de la reina y “fuck her”, y de las Malvinas robadas, y cosas que a mí me inflaban el pecho. “Son de ustedes”, me decía bajo el influjo de las cervezas. Nadie lo interrumpía, a veces se le trababa la lengua, pero los datos eran contundentes. Leía, dudaba, era desprolijo y estaba solo; solo como opuesto a pareja, porque mujeres le sobraban.

Apoyé las bolsas del supermercado en la mesada de la cocina y encontré mi estante de la heladera ocupado. ¡Gallega trola!, ¿o habrá sido el chef de la otra habitación? Mientras hacía presión para que entrara el queso y el pan lactal, oí una discusión a los gritos en el piso de arriba. Se venía repitiendo bastante seguido y la verdad me tenía un poco cansado. Subí un par de escalones con la intención de poner un límite, pero a mitad de camino desistí y me encerré en el cuarto a rascarme el brazo con fuerza. Dormí hasta que sonó el celular. Un mensaje de Julieta. “Hago una fiesta el sábado. ¿Podés?” Fin del mensaje. Sonreí, iría aunque fuera una fiesta gay, no tenía nada que hacer, no conocía a nadie y el otoño de Londres podía ponerme demasiado melancólico.

La curandera

Estacioné en doble fila en Álvarez Thomas y Heredia. Etelvina se bajó e hizo que Johana me diera un beso que me dejó restos de chocolate en la mejilla. Iba a arrancar pero el semáforo se puso en rojo. Las vi entrar a la verdulería. Unos metros adelante salió un Toyota y sin saber por qué, estacioné el Peugeot en tres maniobras. Un pequeño Fangio del estacionamiento.

Aparecí por la verdulería con un palito bombón que compré con un billete perdido en el bolsillo. Etelvina me regañó, “ya tuvo su cuota de helado por hoy”, dijo. Pensé que Johana se pondría a llorar, no dejaba de mirar el helado en mi mano. Se cruzó de brazos y se negó a ayudar a su madre con las bolsas de las compras. “¿Encontraste la billetera?”, me preguntó Etelvina, y yo –otra vez sin pensarlo– agarré las bolsas y le conté que seguía sin recordar dónde la había perdido. Me dijo que a ella también en una época le pasaba eso de andar olvidando las llaves, la billetera, el cuaderno de la facultad… Hasta que un día una curandera le explicó que esos actos le estaban diciendo que necesitaba hacer un cambio en su vida. “Me terminé separando”, me dijo riendo cuando llegamos al quinto piso. Me quedé en la puerta a pesar de que me ofreció algo para tomar. Estaba demasiado sudado, en realidad estaba demasiado asustado. Tenía miedo de meterme y no salir más. “Gracias”, le dije, “pero tengo que recuperar la billetera”. Se mordió los labios como diciendo: sí, qué cagada. Nos quedamos mirándonos unos segundos. Johana aprovechó para sacarme el helado y salió corriendo. Me reí. Me pregunté por el padre. Etelvina me despidió en la planta baja con un beso muy cerca de la boca.

VOCACIÓN

Me abrió con Lourdes en brazos. Jazmín estaba durmiendo en el cuarto, todavía los puntos no le permitían moverse. Como habían terminado las clases y no tenían plata para pagar una colonia, las nenas pasaban el día entre las cuatro paredes del departamento. Hasta que Cecilia volviera de trabajar, Jorge era el encargado de cuidarlas. Así se habían organizado, pero mi amigo se quejaba de que no podía concentrarse en la nueva película, Lourdes era muy demandante, quería jugar todo el tiempo. “De todos modos, ser padre te da grandísimas satisfacciones”, me dijo en la cocina sirviendo dos vasos de agua. El problema era la plata, la maldita falta de plata, se quejó mientras yo me limpiaba la mancha de helado en el baño. Se estaba cagando de hambre, la falta de un ingreso fijo se volvía un problema irremediable, y Cecilia empezaba a dejar de creer en sus proyectos. Yo lo miraba con expresión de idiota, sin saber qué decir. “Si llegás a agarrar, comprá dólares”, me dijo en un momento, y tuve que sentarme en el sillón para procesar su nueva recomendación. Lourdes se me acercó con una Barbie y me explicó que el muñeco musculoso con barba era yo. “Pero… ¿y los sueños, Jorge, y hacer lo que a uno le gusta? ¿Dónde quedó eso?”. “Justamente, Juan, en los sueños. Yo pude hacer dos películas pero ahora daría lo que fuera por tener un laburo en una multinacional que pagase bien, como tenés vos. No aceptés Juan, aferrate a la silla como puedas y peleá”. Quedé turbado. Me crujió el estómago. Le pregunté si tenía algo para comer, y me dijo que podía recalentar un poco de sopa que había quedado del almuerzo. “¿Sopa con este calor?”. “A mí me gusta”, dijo Lourdes mientras su Barbie retaba al muñeco de barba que dormía tirado en el sillón.

EL ROBO

No esperaba ese panorama, había imaginado a un par de solitarios deambulando por los pasillos y nada más, pero apenas se podía caminar. En la barra pidió una cerveza y el cerebro se le embotó de preguntas: ¿Qué hacía ahí? ¿Para qué había manejado 35 kilómetros gastando combustible y tiempo? ¿Por qué no estaba trabajando si pronto vendría el resumen de la tarjeta de crédito? Las tragamonedas parecían decirle “tirate una chance, en una de esas te salvás”. Acarició el vuelto que le dio el barman. A pocos metros descansaba el frasco con las propinas. Poco a poco fue acercando la banqueta y se puso a estudiar los movimientos del empleado: estaba solo, preparar los tragos lo mantenía ocupado, no había forma de que pudiera poner un ojo en el frasco cuando atendía el ala derecha. Luego de ensayar el movimiento, se decidió. Manoteó uno de los billetes y lo guardó en el bolsillo. Con el corazón acelerado, fue hasta el baño. Jamás había robado en su vida, ni siquiera un caramelo. Metido en el cubículo, sintió las gotas de transpiración en la frente. Se lavó la cara y salió. Lo mejor, pensó, sería jugarse los diez pesos cuanto antes. La ficha la consiguió rápido, pero tuvo que dar varias vueltas hasta encontrar una máquina libre. La puso en la ranura: a todo o nada. Si la cosa salía mal, podía pararse en la fila de taxis y levantar un pasajero. Pero ahora no era momento de pensar, se recriminó sacudiendo la cabeza para liberarse de los malos presagios. Tenía que concentrarse en recibir a la buena suerte. La palanca parecía guiñarle un ojo: adelante, haz fuerza de brazo y que la rueda de la fortuna empiece a girar. Sus pupilas absortas siguieron el incesante vaivén de las cartas electrónicas. Cayó un joker, una banana y, cuando estaba por establecerse otro joker en la tercera hilera, un manotón lo obligó a darse vuelta. Debajo del saco, el moreno le mostró una treinta y ocho; a su lado, un hombre bajito, pelado y con bigote fino, se relamía.

AMOR NO CORRESPONDIDO

—Qué hacés acá. ¡Te dije en la plaza del pueblo! —me regañó.

—Te estaba buscando.

—Me estabas espiando. ¿Por qué te metés en mi vida? Andate, olvídate de mí.

Se alejó por el sendero de piedras; la empecé a seguir entre los árboles. Subió al caballo y se abrazó a la cintura del cowboy de sombrero mexicano. Un pozo me mandó al piso, y ella me miró como si mirara a un pigmeo. Los cowboys menearon la cabeza, un hombre alto y fornido, apareció como del cielo.

—¿Es este? —dijo el tipo envuelto en una túnica blanca.

—No le hagas nada —le pidió Mariela.

Yo lo miraba como si se tratara del mismísimo Diablo. Traté de pararme, pero me lo impidió con un palo sobre el pecho. 

—¿Querés venir a una reunión? —me preguntó con un tono de voz que no permitía distinguir si se trataba de una invitación o una orden.

—Mariela, vamos al pueblo —dije.

El líder largó una carcajada.

—Llévenlo —ordenó a los cowboys.

Me ataron las manos y me cargaron a uno de los caballos. De atrás de un árbol salió Lian con una escopeta en la mano. Disparó al cielo, parecía dispuesto a jugarse la vida, el estruendo asustó a los caballos y caímos al piso. Lian se puso delante de su hija, los cowboys lograron atrapar un caballo y a la pasada levantaron a su jefe. Mariela le pegaba a su padre en el pecho.

—Vamos a casa —dijo Lian—. Se terminó.

Esa noche cenamos en silencio. Al día siguiente, Mariela se subió al columpio en el jardín y yo me le acerqué con pasos tímidos. 

—¿Estás mejor? —le pregunté.

—Por tu culpa ahora no puedo salir.

—¿Por qué me tratás así? Pensé que…

—¿Pensaste qué, nene? ¿Qué yo podía tener onda con vos? Si sos un viejo.

Susana nos espiaba simulando ordenar la cocina. 

—No es eso —le dije—, me tenías preocupado. ¿Qué hacen ahí?

Bajó la cabeza y caminó hasta la casa con sus típicos saltitos.

Di unos pasos con las manos en los bolsillos y encontré a Lian trabajando la huerta. Le dije que si me necesitaba estaría en el hotel. Clavó la pala con fuerza.

Enamoramiento

Dos horas después, el chofer paró en medio de la ruta y dijo: “Los que bajan en Rumi Punco, es acá”. Fui el único en descender, el ómnibus arrancó levantando una polvareda que me llenó la cara de mugre. Había montañas y una ladera por donde se distinguía un sendero. Cargué la mochila y empecé a caminar. Cuando llegué al pueblo conté la plata que me quedaba. Tal vez podía quedarme un par de semanas si la habitación era barata.

Lo que más me gustó fue el paisaje, las flores, acá deben tener tiempo, adiviné mientras golpeaba la puerta de una casa de madera rodeada por un galpón, plantaciones de verduras y un columpio en el jardín. La sonrisa de un hombre de rasgos orientales me invitó a pasar. Su mujer se llamaba Susana, era argentina al igual que Mariela, la hija de 19 años que, debo decir, me deslumbró desde el primer momento en que la vi. Me mostraron un cuarto pequeño y dejaron que me acomodara. Cuando me quedé solo, saqué una barra de cereales y la comí con hambre de náufrago. Después fui al living, mateaban alrededor de la mesa, el oriental dijo que además de los ingresos que les daba el cuarto vivían de la huerta. El precio por noche era de treinta pesos sin desayuno. “Eso te lo tenés que preparar vos, pero podés usar nuestras cosas”, dijo Susana mirándome con los ojos separados como los de Cortázar. El cuarto tenía un placard, una cama pequeña, una mesa de luz y un espejo en la puerta. Pasé la primera noche mirando el techo con el cortaplumas debajo de la almohada, no voy a negar que tenía miedo, afuera los grillos cantaban tan fuerte que no me dejaban dormir. Creo que recién logré pegar un ojo al amanecer.  

A la mañana abrí la ventana y me encontré con la huerta y un caballo gris que arrancaba pasto y lo masticaba con una calma infinita. Cuando la vi no pude quitarle la vista de encima, Mariela escribía sentada en una hamaca, tenía puesto un vestido lila y unas sandalias de cuerina atadas hasta las rodillas. Su belleza me angustió, corrí la cortina para dejar de verla, pero me puse a espiarla a través de la ventana como un verdadero cobarde, maldiciendo mi picazón que crecía cada vez más. Decidí quedarme en la habitación hasta que se me fueran las ronchas.

El boludo

Me puse una camisa sin perfumar. No voy a una cita, me dije, sólo a cenar a la casa de una amiga compasiva que entiende por lo que estoy pasando. Creo que ya podía dejar de decirle compañera de trabajo, y considerarla una amiga, mi única amiga, por cierto. Se la presentaré a mamá, me dije. Me puse jean y zapatillas a lo Jerry Seinfeld. Me vi medio ridículo en el espejo, pero ya eran las once, no tenía ganas de volver a cambiarme. Llevo un vino. No, mejor no, si no quién me levanta mañana. Me acomodé el pelo. Agarré un forro a pesar de que siempre terminaban juntando pelusas en el cajón del escritorio. Sonó el timbre. Raro. Fui hasta el portero eléctrico y dije “hola” dos veces, el timbre siguió sonando. ¡La puerta!, qué boludo. Miré por la mirilla, no era algo habitual que me tocaran el timbre, y menos a esa hora. La puerta de abajo tenía cartelitos que te exigían cerrar con llave las 24 horas. ¿Quién podía ser? Cuando vi que se trataba de la vecina del 1º B, me asusté. ¿Qué hacía ahí parada con un camisón estampado con la cara de Mickey Mouse a las once y media de la noche? Abrí. Me pidió disculpas por la hora con una sonrisa que te obligaba a replantearte el sentido de la vida. Se había quedado sin azúcar. La hice pasar, y mientras le armaba un pequeño frasco de emergencia, pensé si no se trataría de una vil excusa para que yo avanzara. ¿Quién te creés que sos, Juancito, Steve McQueen? Le di el azúcar tratando de mantener una distancia prudencial, pero ella se empecinó en hablarme de cuestiones edilicias muy cerca de mi boca. Hasta pude olerle el aliento a fresas, a las gomitas frutales que comía viendo Cuando Harry conoció a Sally. “¿La viste?”, me preguntó. “Sí”, le respondí. “Me encantan las de amor”, dijo con voz tierna. Ahora se me tira encima, pensé, pero dijo “gracias” señalando el frasco, se dio vuelta, y salió. Cerré la puerta diciéndome boludo. Y otra vez: ¡boludo!

Enanos

El enano me trataba de compañero, “vente, compañero”, me decía mientras atravesábamos un pasillo de azulejos fríos y paredes angostas. Bambalinas, me dije, al ver a los artistas subirse las medias a través de las puertas entornadas; los tangueros crujían los dedos, la gorda cantora aclaraba la garganta. La humedad reflejada en el piso me instó a palpar la gomosidad de las paredes. No encontraba nada firme donde apoyarme. “¿El hada?”, me atreví a preguntarle al enano, y él, sin dejar de caminar, largó una carcajada. “¿Quieres a María?”, dijo. “Qué María, ¿el hada?”. “El hada”, repitió riendo. Me agarró de los pantalones y me obligó a meterme en un cuartucho de dos por dos. Había tres sillas y un proyector apuntando a la pared descascarada. Detrás, unos flacos con puchos apagados en la boca jugaban al pool en una mesa con bolas amarillas y rojas. Me senté en un rincón y pensé que tan mal no estaba, cierto calorcito en la piel, la tranquilidad de saber que acá nada se espera de mí. El enano parloteaba con un gordo de tiradores y frente ancha. Debo confesar que cuando el proyector se encendió y empezó a emitir imágenes de una ola que giraba sin parar alrededor de las paredes, agarré el celular para pedir auxilio. El problema fue que no había señal. Si seguía con la vista el vaivén de la ola por las paredes, iba a volverme loco. ¿Qué hice? Empecé a seguirla. Por suerte apareció la enana con un trago naranja, una pajita y dos hielos. “Me dijo el maestro que me llamaste”, me informó, y entendí que María no era el hada, aunque de alguna manera su presencia hizo que dejara de mirar a la ola. Le agradecí y me limité a sostener el trago. Cuando se dio vuelta le toqué el hombro para saber si era real, pero no sentí nada; quedé acurrucado en el piso con las piernas pegadas al pecho, sollozando como un bebé al que nadie le presta atención. Recordé que tenía que buscar el botón verde, el que apretaba el hada para sacarme de ahí. El problema era que el gordo y el enano custodiaban la puerta. “Quiero salir”, le dije al enano y pude ver sus dientes con brackets. “No es momento de escapes”, me dijo, y se puso a murmurar algo con el gordo, como si hablaran chino mandarín mezclado con geringoso.

EL ATLETA

Subí al Peugeot y me acomodé los Ray Ban con la ayuda del espejito (siempre me sentía afeminado haciendo eso). Puse primera; el día ya era un fuego. Como todo fundamentalista del aire, cerré las ventanillas. No vaya a ser que me pidan una moneda en el semáforo. Pero en Cabildo tuve que abrirla, quería comprar Clarín, un rubio caminaba entre los autos cargando diarios al hombro. “Pibe”, grité. Me salió demasiado caro si tenemos en cuenta que sólo leí la tapa. ¿Y si llamo a Jorge y hago un asado?, me entusiasmé. Le escribí un mensaje por wasap manejando en plena avenida Libertador. Maldito teclado predictivo: “hartados un asado?”, se disparó. Levanté la vista y alcancé a clavar los frenos, las llantas chillaron, el bondi tenía parada justo ahí. El que venía con la bici quedó arrinconado contra el cordón. Que se joda, pensé, quién lo manda a semejante acto suicida. Antes de llegar al club leí la respuesta de Jorge: “No puedo, tengo que llevar a las nenas a un bautismo, escribí bien, boludo”. Perfecto. Me vi cenando en McDonald’s rodeado de teenagers con muffins, y mis ganas de ir al gim cayeron en picada. Eso, picada, qué lindo que está para una cerveza con picada, me dije, al menos ya tenía resuelto el almuerzo. Un poco de cinta aeróbica y luego picada en el bar de enfrente, ahí donde para la barra de Defensores de Belgrano. Altos choripanes. Dejé el Peugeot rogando que no me lo desguazaran durante mi estadía en el gim. Ring… me empezó a sonar el celular cuando buscaba en la billetera la tarjeta de ingreso. Malditos productores, pensé. Pero era Mamá. “Hola má, qué pasa”. “Nene, el lavadero se está inundando, la boliviana se fue y dejó algo mal en el lavarropas”. “Y bueno, má, levantate y apagalo”. “¡Me tomás por tonta, Juan! ya lo hice pero sigue saliendo agua. Esto es un escándalo, se me va a mojar la alfombra”. “Ok, mamá, voy para allá, tranquila”. “¡Nene, si se me arruina la alfombra, qué hago!”. Corté, detrás del molinete había tres gimnastas esperando que les diera paso. “Perdón”, dije y me hice a un lado.

Continuará…

El sueño del oficinista

Llegando a la zona del puerto las luces se evaporaron, el único farol que andaba iluminaba poco y mal. Hice dos cuadras sobre adoquines desparejos oliendo el olor a grasa y cereales que salía del río de la Plata, esa gran manta marrón que los porteños nunca supimos aprovechar. Entre fierros apilados y charcos distinguí un estacionamiento. Había decenas de autos amontonados. Caminé hasta la ventanilla enrejada de una pequeña casilla de madera. Al costado, una bicicleta y dos motos con la faja de “Secuestrado”. “Buenas noches”, le dije a un pibe que comía fideos con tuco. Se limpió con un trapo rejilla, y se levantó arrastrando la silla hacia atrás. Después de revisar un talonario, me dijo que eran mil cuatrocientos pesos, con cara de yo sé que es mucho pero no soy el que pone las tarifas. Abrí la billetera para ganar tiempo, sabía que no llegaba a esa cifra ni por asomo, pero para mi sorpresa el pibe sacó un posnet de tarjetas de débito. Conviene quedarse en casa, fue mi resolución mientras caminaba cabizbajo a buscar el Peugeot. Tropecé con un pequeño pozo y quedé en medio de la oscuridad insultando al viento. Entonces vi algo que me llamó la atención. Detrás de un montón de chatarras, unas bombitas rojas brillaban sobre una arcada de ladrillos que rodeaba una antigua puerta de madera. Lo que terminó de sorprenderme fue que las luces formaban la palabra “Somnium”. Miré la tarjeta de las mulatonas para chequear letra por letra. Se escribía igual: Somnium. Me levanté y caminé hasta ahí. La puerta estaba desvencijada, un enano con un cono verde en la cabeza la abrió y chilló como en las películas de terror. Pero esto no es una película de terror, me dije. A pocas cuadras las calles de San Telmo rebosantes de turistas, los bares con mesas en las veredas, las luces, el ruido de las conversaciones, los tangueros, los cuidacoches, los árboles, el olor a río… Decidí entrar, la poca luz no me dejaba distinguir el final del pasillo, un sonido de acordeón invitaba al sosiego. Di unos pasos tanteando las paredes húmedas. Me detuve. El enano me tocó la pierna y casi me desmayo del susto. Sacó un talonario con un número de esos que hay en las farmacias, y con un gesto me pidió que lo guardara. Las cosas que uno hace cuando lleva una vida aburrida, me dije. El riesgo a flor de piel. Quizás era hora de sentir un duro golpe para enderezar el rumbo de una buena vez. Di unos pasos a través de una envolvente humareda de cigarrillos. Hacía años que no estaba en un lugar donde se pudiera fumar. Tuve nauseas, me pregunté cómo hacíamos antes para soportarlo. No sé si llamarlos gordos, eran patovicas o camioneros. En mi época de estudiante, después de clases íbamos con un compañero a comer choripán a la Costanera, y frente a una casa con luces rojas veíamos camiones estacionados. No entrábamos, pero apostábamos cuánto tiempo durarían adentro cada uno de los tipos. Mi amigo sostenía que los gorditos aguantaban menos que el resto, sin embargo yo sabía que se trataba de una cuestión de experiencia, cuanto más canas tuviera el hombre, más tiempo duraba. Mirábamos con la ñata frente al vidrio, como dice el tango, nuestros mangos apenas nos alcanzaban para el chori y la coca. Esta sería mi primera vez en un prostíbulo. Una camarera me golpeó la cabeza con la bandeja. No le dije nada, estaba interrumpiendo el paso. Alcancé a ver su prominente nariz y largas piernas debajo de medias negras. Era flaca como el pez espada. Apoyó unos tragos en la mesa de unos pelados que jugaban a las cartas. Di unas vueltas y tras recibir varios empujones, me dije: ¿Para qué meterse en líos? algo huele mal acá, mejor evitar problemas. Era hora de salir. Bajé la vista y encontré otra vez al enano del cono verde. Parecía un pequeño gitano, ropa holgada estilo hindú, los ojos con rímel, sandalias de cuero. Pensé que se haría a un lado para dejarme pasar, pero con la mano me hizo un gesto pidiéndome plata. Puto, dije para mis adentros en un rapto de locura. Luego lo pensé mejor, me habían dicho que en ese tipo de antros no era recomendable hacerse el macho, a no ser que uno lo fuera de verdad. Pero yo apenas era un oficinista que tambaleaba en la cuerda floja, uno que corría el riesgo de caerse del sistema, y a mi edad era poco probable que pudiera volver a encontrar trabajo. Tanteé el bolsillo vació y un escozor me trepó por el cuerpo. “Mierda, me robaron la billetera”, dije en voz alta. El enano siguió pidiéndome billetes como si nada. “No hay problema, amigo”, quise dejarle en claro, “después te pago, que la noche recién empieza, que suenen las campanas…”. Gracias a Dios sonrió, aunque quizás detrás de esa sonrisa se escondiera una trampa mortal. La paranoia ganando terreno. “Un gin tonic, por favor”, le pedí, y sin que se le borrara la sonrisa, se perdió en la bruma.

FORAJIDOS

Se alejaron por un camino de tierra rodeado de arbustos. Blas se puso a juguetear con el celular sin batería. Después se arremangó los pantalones y se bajó del gomón procurando que no se le cayera el revólver. Las chimeneas de la pastera largaban un humo oscuro entre llamas rojizas. Con los pies sobre barro, Blas prendió un cigarrillo y detectó las huellas del batallón. A lo lejos pasaba una embarcación. Miraba el agua imaginando que Joana jugaba en el río. Le dio bronca que lo contaminaran. Avanzó unos metros y perdió de vista las huellas. Lo rodeaba la maleza. El ruido de la pastera se volvía ensordecedor, pero de todas maneras alcanzó a oír un disparo. Voces entrecruzadas gritaron “rajemos”, “hijos de puta”. Un nuevo disparo obligó a Blas a tirarse al suelo. Quedó entre un cañaveral y unos yuyos. Había aplastado a un caracol con el pecho. Volvió sobre sus pasos deslizándose cuerpo a tierra. Alcanzó a ver el gomón volverse un punto cada vez más pequeño a medida que se alejaba por el río en dirección al camping. Detrás de unos sauces llorones, un camión se puso a descargar desechos en el agua. Le hizo recordar cuánto le molestaba cuando Nataly se metía en la pelopincho untada de bronceador. Tenía sed, pero no se animaba a beber del río. Al camión lo custodiaba un hombre. Fue acercándose por la orilla camuflado entre unos camalotes. Cuando lo tuvo a tiro, quitó el seguro del arma como le había enseñado el cocinero y le apuntó a la altura de la gorra. El tipo se alejó con pasos lentos entre unos yuyos. Mientras lo oía orinar, le apuntó a una rueda. Disparó.