Un fragmento de El sueño del oficinista

Desperté dando un salto, tenía el pecho mojado con restos de Campari y naranja. ¿Qué día es? ¿Dónde estoy? Por un instante, a pesar de estar perdido en una nebulosa, sentí alivio, como si el sueño me hubiera quitado un peso de encima. Camino al baño vi la billetera asomada debajo de un viejo poema que había escrito en lápiz cuando aún no existían las computadoras ni internet ni las redes sociales ni los blogs. Lo leí con cierta nostalgia y me dije que fue una bendición no haber tenido un medio electrónico para difundirlo. Era malo, le faltaba carnadura. Recordé que lo usaba para impresionar amantes ocasionales, de una noche, esas que en realidad ya estaban convencidas de antemano. Amanecía. Hice mate, prendí la tele, repetían un partido de Boca y River jugado en los noventa. Me puse a mirarlo comiendo una tostada y sentí ojeras abultadas. Para colmo el sol empezaba a quemar como un fuego. Ya había consumido el viernes y seguía sin tomar una decisión. Salí a comprar cigarrillos con el short que usaba para estar en casa. No fumaba pero con algo tenía que calmar la ansiedad. Pité como un desgraciado dando vueltas por el living, quería volver el tiempo atrás, eliminar el retiro voluntario con su cifra tentadora.

V

—No se le ocurra volver, usted no es uno de esos —le dijo, señalando a las personas sentadas frente a las máquinas de alrededor—, y si lo hace, se las tendrá que ver conmigo, hay cosas mejores en las que gastar el dinero, hombre.

Blas lo agarró del cuello dispuesto a pegarle una trompada, pero dos mastodontes en smoking se lo impidieron.

—Pelotudo —le gritó mientras los hombres de negro lo arrastraban por el pasillo. Aron, con aire sombrío, terminó el whisky y se retiró. Los hombres de negro lo dejaron cambiar las fichas y luego lo acompañaron hasta la salida.

Manejaba contrariado por el carril del medio. En el asiento del acompañante, los billetes desparramados. La Panamericana semivacía. Llegó al PH. Nataly roncaba con la boca abierta, tenía una pierna afuera de la cama, la bombacha corrida y los brazos en cruz. Se acurrucó junto a ella. Cuando intentó penetrarla, ella lo apartó.

IV

Blas se preguntó si el tipo se estaba burlando de él, quizás lo había visto así vestido y pensó que era un muchacho de pocas luces. Volvió a mirar la hora.

—Se me hizo tarde, Don, tengo que irme.

—Entiendo, es probable que me considere un estafador, pero déjeme darle nuestra tarjeta —la sacó del bolsillo del saco—, por si algún día le interesa que charlemos sobre nuestra causa. Ahí tiene mi teléfono. Necesitamos de su ayuda.

Blas guardó la tarjeta en la bermuda y le dio la mano.

—Tiene que cambiar las fichas por plata —le recordó el hombre.

—Un gusto, jefe —le dijo Blas. Cuando empezaba a alejarse, Aron lo llamó.

—Oiga, una cosa más, yo mismo voy a encargarme de que no dilapide su dinero acá, ¿entiende?

Blas lo miró serio, sin darse cuenta se le cerró el puño.

—¿Cómo dice?

iii

Agarró Panamericana y manejó hasta el Tigre. Se bajó frente al casino. Nunca había entrado, bastante tenía ya con ver la forma en que su mujer dilapidaba el dinero como para perderlo él también. Pero esa noche no era dueño de sus actos. Con sus bermudas de jean, remera negra de Guns N’ Roses y zapatillas Nike gastadas, subió los escalones del acceso principal. Los de seguridad lo miraron raro, pero lo dejaron pasar, podía tratarse de un excéntrico disfrazado de pordiosero. Su espalda ancha hizo que pronto estuviera frente a una máquina tragamonedas, a pesar de la multitud que poblaba el lugar. Desconocía el mecanismo del juego, del inglés apenas podía pronunciar “yes” y “no”, pero eso no lo detuvo. El tipo sentado en la banqueta de al lado le explicó dónde poner la ficha y cuándo accionar la palanca. Como suele pasar con los principiantes, ganó, y ganó bastante, las fichas rebotaban en el recipiente de metal llamando la atención de los demás apostadores. Cuando terminó de recogerlas, el hombre que lo había ayudado, lo llamó con un gesto.

—¿Tiene un minuto, jefe?

Blas asintió con el balde pegado al pecho.

FORAJIDOS

ii

Durante un tiempo Blas anduvo apasionado a causa de la figura de una madura que movía la cintura por el barrio como dictando sentencia. Todos sabían que era casada, por eso nadie se le acercaba. Cada noche, Blas tomaba a su mujer con adrenalina importada. Pasaron largos meses de sexo cargado hasta que un día Nataly entró en crisis depresiva porque su hija (de un matrimonio anterior) había dejado el nido para irse con el novio a una comunidad hippie de la Patagonia. Blas tuvo que rogarle que enviara fotos donde se la viera sonriendo, para que Nataly al menos se levantara a comer.  

Cuando parecía que la calma retornaba a la casa de los González, ella empezó a mirar telenovelas hasta altas horas de la noche, y un día le dijo que había perdido el apetito sexual. No llegaban a los cuarenta. En vez de enojarse, Blas aprovechó para desarrollar otros aspectos de su vida, por ejemplo, estudiar Ciencia Política. Quería entender el funcionamiento del sistema democrático y la distribución de la riqueza de la que tanto se hablaba y nunca llegaba. Alcanzó a leer algunos libros de filosofía política, autores que lo ayudaron a conocer la complicada naturaleza humana, adquirió un incipiente espíritu crítico y dejó de ser alguien que se preocupaba solamente por conseguir un árbol para dormir la siesta, para pasar a ser un hombre de ceño fruncido que maquinaba la forma de equiparar un poco las cosas. Sabía que no iba a ser fácil, los datos del profesor de Teoría Política indicaban que la brecha entre ricos y pobres aumentaba cada año. Al final del curso terminó pensando que debía sentirse afortunado de tener un taxi con el cual ganarse el pan para mantener a su familia.

FORAJIDOS

1

Ella le dijo que quería eliminar la única línea de celulitis que tenía en su cola, para eso necesitaba comprar unas cremas recién llegadas de Estados Unidos. Él había dormido mal por el agobiante calor de enero, lo único que deseaba era tomar mate y desayunar una tostada. Joana lloraba pidiendo la teta. Cuando Nataly intentó apagar el aire acondicionado (decía que le secaba la piel), Blas le rogó que no lo hiciera, moviendo las manos como un orangután. Luego se puso las Nike y caminó hasta la heladera a tomar un vaso de limonada. Nataly, con shorts y blusa transparente, le susurró al oído unas palabras cariñosas. Él sabía lo que le esperaba, si a ella se le metía algo en la cabeza, nada la detenía. Con las manos esculpidas, empezó a rascarle la espalda y a llenarle las mejillas de besos; se arrodilló a sus pies, le hizo rulos con los pelos de la panza hasta llegar a la bragueta. Blas la detuvo. De algo estaba seguro: el sexo los alejaba cada vez más. Ella se había fanatizado siguiendo los consejos de la revista Eroticón que ayudaban a “reavivar la llama de la pasión”. El primer ejemplar se lo regaló el sodero una tarde de mucho calor, luego Nataly empezó a comprarla en el kiosco de la esquina. Se trataba de juegos inocentes: el cubo de hielo, la venda en los ojos, la crema en las partes íntimas, algún trajecito erótico… cosas que al principio disfrutaban, pero que con el correr del tiempo se fueron volviendo repetitivas y aburridas, sobre todo cuando empezaron a comprobar que después de hacer el amor, había que volver a reconstruir el matrimonio.

PRIMERAS ARMAS

primeras armas

Como puedo verla sólo los domingos, tratamos de sacarle el mayor provecho al día. Es mi única hija, y su madre se las ha ingeniado para complicar nuestra relación. A pesar de todo, Mica me admira, conmigo se divierte, la pasa bien. La quiero mucho. Sus lugares preferidos son el parque Güemes, la Costanera y el Aeroparque. Le gusta mojarse cuando llueve, es una niña valiente, no sé a quién salió, yo soy un tipo urbano, y la arpía una intelectual de pacotilla que apenas sale de su casa. En cambio Mica es como esos duendes de las películas que parecen quietos pero cuando te das vuelta desaparecen. Sigue leyendo «PRIMERAS ARMAS»

LA CARTA DE ALICIA

la carta de alicia

No escribo, broto. Ese último beso aún lo siento en la piel. Es raro porque me corté con la cuchilla mientras preparaba la cena y sin embargo seguí recordando el beso que tanto esperé. ¿Por qué habrá sido tan tonto? Llegué a pensar en tropezarme para que tuviera que agarrarme. Martina, pobre Martina, tantas veces puso la oreja… lo peor es la línea gratis del celular. Pobrecita. Costó, pero Juan es así, siempre lo supe. Sigue leyendo «LA CARTA DE ALICIA»

LA PELOTA DE ROLAND

arco

Tendría que haber empezado a las seis, pero la lluvia y la neblina no lo permitieron. Prendí un pucho y levanté el cuello del impermeable buscando el humo de alguna hamburguesería. Los altoparlantes empecinados en mantener silencio. Quisiera decir que éramos al menos un puñado, pero mi alma gélida estaba sola. Diga que uno tiene esta cosa bien metida, porque era una tarde para estar en casa tapado hasta el cuello. Sigue leyendo «LA PELOTA DE ROLAND»